La hora de la comida

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No recuerdo mi nacimiento, ni mis primeros años de vida, ni mi infancia, ni siquiera sé si tengo padres o aparecí de la nada. Es como si mi memoria solo tuviera recuerdos recientes, aunque conservo algunos conocimientos que no sé exactamente de dónde provienen.
Desperté un día con un hambre voraz. Mi cuerpo, aunque ligero, estaba rígido, agarrotado y me costaba caminar… mis músculos no reaccionaban a los impulsos de mi cerebro, era como si fueran víctimas de una atrofia degenerativa, lo que hacía que mis pasos fueran errantes. Mi piel grisácea estaba fría, seca y se podían apreciar sin problemas unas venas moradas, casi negras, a través de ella.

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Me encontraba en lo más profundo de una cueva. Una especie de gruta cercana a una playa, pues se podía escuchar el rumor del agua del mar. Me acerqué a la salida, guiada por la luz, pero a medida que la claridad se hacía más evidente tuve que parar, mis ojos no aguantaban tal fulgor. Estaba desorientada y no recordaba cómo había llegado hasta allí. De hecho, mi amnesia había borrado toda mi memoria. Solo sabía que tenía hambre y quería comer. Lo que fuera. Empecé a escudriñar el suelo a mi alrededor en busca de algo que llevarme a la boca. En los rincones había algunos restos de vegetación mustia y vi correr una cucaracha. Sin pensármelo dos veces me abalancé sobre ella y la devoré ávidamente. Pero ese minúsculo bocado no sació mi hambre, de hecho no me supo a nada. No era eso lo que mi cuerpo requería. Tendría que descubrir qué era lo que satisfacería mi apetito.
Con la luz crepuscular pude aventurarme al exterior de esa cueva. Todo parecía estar en calma y no podía ver a nadie más. Pude fijarme que había otras cuevas, como en la que yo había despertado, situadas a lado y lado. El mar se encontraba a lo lejos, pasado un acantilado, a unos 80 metros de caída libre.
Toda la extensión de la playa estaba vallada, con alambre de espino en lo alto. Por detrás de las vallas, en todo el perímetro, había un profundo foso y, más allá, un murete con unas pantallas de cristal, u otro material translúcido, a modo de protecciones. ¿Qué era ese lugar? ¿Y para qué tanta seguridad? ¿De qué teníamos que protegernos?

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Empecé a caminar por la arena que recubría un terreno irregular, cosa que dificultó aún más mis burdos pasos. Y entonces, pude ver un grupo de personas. Mi boca, como paralizada en una mueca de asco, quiso alzarse para mostrar una sonrisa, pero mi expresión apenas cambió. Me acerqué al grupo sintiendo alegría en mi interior pero sin poder mostrarla y vi que su aspecto y movimientos se asemejaban a los míos. Fui a hablar para dirigirme a ellos y solo fui capaz de emitir unos ininteligibles gruñidos. Ni yo misma pude entenderme. Pero fuera como fuese, esos sonidos llamaron la atención de dos de ellos, que me miraron al tiempo que me contestaron con más berridos.
Y entonces, empezaron a aparecer más personas, al otro lado de las vallas, por detrás del muro con pantallas protectoras. Pero no eran como yo. Caminaban sin dificultad y sus pieles eran tersas y luminosas; en ningún caso de color gris. Había familias con niños, grupos de adolescentes, otros de edades variadas… Llevaban cámaras de fotos colgadas del cuello, bolsas de palomitas y algunos niños sostenían globos de colores.

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De repente se oyó un sonido de cadenas y piezas metálicas que alertó al grupo que me acompañaba. Tan deprisa como pudieron, se dirigieron hasta una compuerta por donde se deslizaron unos grandes recipientes llenos con una masa amarillenta.
Solo podía escuchar, los gruñidos de un lado y las ovaciones de otro. Mis nuevos compañeros empezaron a ingerir esa masa gelatinosa con desmesura, ayudándose de las manos y golpeándose los unos a los otros con los codos como animales salvajes. Me acerqué un poco más y un instinto irrefrenable me hizo perder control. Sin darme cuenta me había unido al festín.
Las personas congregadas al otro lado del muro, nos observaban con mucha atención, nos señalaban con el dedo índice y nos echaban fotos sin parar. No entendía qué es lo que pasaba, pero yo solo podía prestar atención a los recipientes con ese delicioso y pegajoso alimento. ¿Acaso formaba parte de un espectáculo enfermizo? No lo sabía. Seguía sin comprender nada en absoluto… Hasta que los recipientes quedaron vacíos y nuestras ansias disminuyeron notablemente. Mis nuevos compañeros se dirigieron a sus cuevas, lentamente, tambaleándose, con la mirada perdida. Y yo, que era nueva y no quería quedar mal, no hice más que imitarlos. Aparecieron dos operarios, al otro lado de la valla, iban vestidos con monos de color verde caqui y gorras a juego. Empezaron a dispersar a las personas de tez perfecta al grito de: “Es todo por hoy, la hora de la comida ha terminado. Pueden pasar por taquilla a recoger su descuento del 50% para el pase de mañana. Gracias por visitar Port Zombie Aventura”.

@lidiacastro79

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