La casa entre las brumas

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¡Alea jacta est!- Dije para mis adentros.

Acababa de presentar mi oferta por la casa. Por fin me había decidido. La visité por primera vez hacía tres meses y, aunque me enamoré a primera vista, mi indecisión no me permitió dar el paso. Pero el destino la tenía reservada para mí, ya que después de esos meses aún seguía ahí, disponible.

No tenía ni idea si habían otras ofertas o la mía era la única… esa incertidumbre me recomía por dentro. Era insufrible. Pero tendría que ser paciente para saber si la suerte estaba de mi lado, o por el contrario, el destino me había jugado una mala pasada.

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El entorno de la casa era lo que más me había cautivado. Rodeada de un bosque espeso de robustos álamos negros y alzada justo al lado de un lago con un pequeño embarcadero de madera descolorida. En esa época del año, el contraste del aire frío con el agua todavía cálida hacía que todo se llenara de una bruma que no permitía ver más allá de las primeras hileras de árboles. ¡Me encantaba! La dotaba de un aire misterioso y enigmático que me proporcionaría la inspiración necesaria para escribir mis relatos de intriga. Era como si el perímetro quedara delimitado por una valla natural traslúcida que alejaba hasta las más curiosas de las miradas. Aunque poco tenía que preocuparme por las miradas indiscretas, ya que no había nadie en dos kilómetros a la redonda. Cosa que me fascinaba y me preocupaba a partes iguales…

El habitaje nada tenía que ver con mi actual apartamento de 30 m² en el centro de la ciudad y con vistas al cemento y acero. La morada, completamente construida en madera, rebosaba carácter y personalidad por los cuatro costados. En la fachada principal había una pequeña escalinata de acceso a un porche porticado, donde dos mecedoras de un tono turquesa, se mecían al son de una suave brisa invisible. La puerta de entrada tenía un cristal con unas cortinillas que ocultaban el interior. Al entrar, un gran espacio se abría hasta el otro lado, donde destacaba el gran ventanal con vistas al lago y al embarcadero, que restaban impasibles en la parte trasera. A mano derecha había un sofá que invitaba a acurrucarse en él debajo de una manta, y justo enfrente, una chimenea de piedra lista para su uso.

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A mano izquierda, una mesa redonda de roble con cuatro sillas del mismo material situadas alrededor. Un gran jarrón con plantas silvestres decoraban su centro. Y más allá, la cocina. Todo en el mismo lugar, solo una isla con una cubierta de granito separaba los dos espacios. El techo alto y a dos aguas estaba forrado con madera perfectamente barnizada, mientras que las paredes estaban pintadas de blanco. Todos los detalles que complementaban el salón, desde las cortinas a los cojines, pasando por las alfombras, hacían del espacio un lugar muy acogedor.

Una escalera de madera con pasamanos de hierro forjado ascendía al espacio diáfano superior, donde había dos ambientes diferenciados: una zona de trabajo con un escritorio encarado al balcón y una zona de descanso con una gran cama con dosel. Un lavabo independiente con bañera exenta en la parte de arriba, y un aseo cerca de la entrada, completaban la distribución interior de la casa.

Parecía hecha para mí. Ya me veía escribiendo sentada frente a la terraza superior mirando al lago, mientras sostenía una taza de té humeante. O tumbada en el sofá con la mirada perdida observando el fuego en su suave y lento calcinar. O horneando bizcochos y mermeladas en la cocina para endulzar mis meriendas sentada en el porche.    

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Y mientras mi mente estaba perdida en mis pensamientos, el móvil me empezó a sonar sacándome de mi ensoñación. Eran buenas noticias, habían aceptado mi oferta y además, habían incluído en el precio la vieja barca que se encontraba varada en el embarcadero. Mis ojos no pudieron reprimir las lágrimas, pero eran lágrimas de alegría. Alegría por comenzar una nueva vida y emoción por los retos que tendría que afrontar a partir de ahora. Pero estaba preparada. Ya nada, ni nadie podría pararme.

@lidiacastro79

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