La bruja, la espada y la hija del herrero (1)

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PARTE 1. EL DESPERTAR

Me desperté como cada mañana con el repique del martillo sobre el yunque que provenía de la forja de mi padre. Ser la hija de un herrero tenía sus inconvenientes: siempre llevaba conmigo el sonido de férreos golpes en la cabeza. Pero también tenía sus privilegios, ya que me dejaba probar las espadas antes de terminarlas, cuando la hoja aun no cortaba. Me encantaba notar la rigidez del metal entre mis pequeñas y delicadas manos. Me sentía menos frágil empuñando una espada, aunque sabía que nunca podría hacerlo en público pues eso estaba reservado para varones.

Su último encargo era especial. Aunque mi padre estaba acostumbrado a cumplir los caprichos más inverosímiles de caballeros excéntricos, nunca antes le habían pedido nada similar. Una noche de luna llena, una mujer mayor, de larga cabellera blanca y vestimenta oscura y humilde, se presentó en nuestra puerta con un frasco que contenía un brillante líquido morado y le pidió que mezclara el hierro con ese fluido. Tenía que crear una espada larga de bella empuñadura, pero con una hoja fina y ligera como una pluma. Y no solo eso, tendría que llevar a cabo ese trabajo al séptimo día en que la luna empezara a crecer, justo antes de la siguiente luna llena. Curiosamente, coincidiendo con mi decimoquinto cumpleaños. La cuantiosa recompensa por el cometido era tal, que aceptó el encargo sin dudar.

Recuerdo la expresión de la anciana, que aunque parecía muy mayor, el brillo de sus ojos verdes transmitían una inusual juventud. Yo, que ya llevaba la camisa de dormir en aquel momento, me quedé mirándola absorta. Cuando se percató, se acercó a mí, me tomó de las manos y me dijo algo incomprensible por entonces: “Hasta las manos más delicadas son guiadas por la fortaleza interior”. No supe qué decir y solo pude pronunciar un titubeante, casi interrogante: “Emm… ¿Gracias?”

Desde que mi padre iniciara el trabajo, cada día pasaba más horas con él. Observando atenta cada paso del proceso. Primero, fundió el hierro más puro procedente de las minas de la región. Cuando la brillante y abrasadora mezcla estaba en su punto óptimo, le añadió el enigmático líquido violáceo. En el momento en que la primera gota del elixir tocó la superficie dorada emergió un susurro que me recordó a la voz de la mujer desconocida. Por un segundo, miré a mi padre con los ojos a punto de salir de mis órbitas, pero me percaté de que él no había oído nada. Así que, aparté la mirada e hice como si nada hubiera pasado. “Habrá sido mi imaginación” —pensé.

A continuación, rellenó con suma delicadeza un molde hecho para la ocasión con la mezcla resultante. Solo faltaba esperar a que se enfriara para golpear la pieza, afilarla y pulirla.

Estuvo lista justo el día de mi cumpleaños. El resultado fue espectacular: una espada larga y fina, de hoja recta, doble filo y muy ligera. Dotada de una afilada punta que era capaz de atravesar cualquier armadura. La empuñadura le ofrecía un aspecto excelso: corta y sobria, pero recubierta con unos filamentos de alambre trenzados y tres amatistas engarzadas en ellos (también traídas por la misteriosa dama). El brillo de color plata con reflejos púrpura que desprendía la hoja era casi hipnótico. No pude sino ansiar sostener esa espada entre mis manos. Miré a mi padre con ojos persuasivos y, a modo de regalo inesperado, me la acercó aun envuelta en el paño con el que la estaba puliendo.

Al empuñarla noté como una energía recorría mi mano, ascendía por mi brazo y se expandía en mi pecho. De pronto me sentí más fuerte, más segura y más capaz que nunca. Fue mágico. Algo en mi interior me dijo que no tardaría mucho en usarla en un combate… ¿Cómo podía ser eso?

La anciana jamás apareció para recoger la espada. Días más tarde supimos que era una fugitiva acusada de brujería y condenada a la hoguera. Y entonces entendí las palabras de la enigmática mujer. ¡Esa espada era para mí!

@lidiacastro79

Sigue leyendo:

PARTE 2. EL INICIO DE LA LEYENDA

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