La bruja, la espada y la hija del herrero (3)

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PARTE 3. LA HORA DE LA VERDAD

Estaba tumbada en mi lecho ya hacía rato y no podía dormir. Un montón de sonidos ocupaban mi mente y se mezclaban con mis inquietos pensamientos. El repique, pero no del martillo de mi padre, sino de la lluvia sobre el tejado, acompañaba mis devaneos nocturnos. Las calles embarradas estaban llenas de charcos. Y las ruedas de los carros salpicaban las paredes adyacentes a su paso. También el muro exterior de la estancia donde yo yacía era rociado de vez en cuando por esa causa.

A mi izquierda, se acurrucaba mi hermano menor quien, a su vez, se aferraba a nuestro gato. Y a la derecha, estaba mi nueva razón para vivir: mi espada.

Aunque mi padre me había aconsejado dejarla en la armería, yo había insistido en llevármela conmigo; era como si ya no pudiera separarme jamás de ella. Desde el momento en que la empuñé, lo sentí así. Esa enigmática espada que había llegado a mis manos por casualidad, sin buscarla siquiera… No me sacaba de la cabeza la imagen de la anciana bruja que se presentó una noche con un encargo muy especial. En mi mente se repetían sus palabras como si fueran plegarias: “Hasta las manos más delicadas son guiadas por la fortaleza interior”. Meditaba acerca de cuál sería el significado de tal letanía…  Mis manos eran delicadas, de eso estaba segura, pero lo de la fortaleza interior… No sabía si yo tenía de eso.

De repente, unos gritos a lo lejos me sacaron de mis meditaciones. Impacto de los cascos de caballos, voces, bramidos y golpes secos en la entrada…

—¡Despertad! ¡Nos atacan! —gritó el propietario del molino a la vez que aporreaba nuestra puerta.

Me levanté de un salto, sin soltar la espada. No sabía qué pasaba ni qué hacer, así que corrí a la fragua, donde mi padre había empezado a repartir armas entre los vecinos.
Resultó que unas gentes provenientes del norte estaban quemando casas, destruyendo cosechas y matando a todo aquel que osaba hacerles frente.

La paz, que reinaba en nuestra región desde hacía décadas, se veía ahora perturbada por unos salvajes despiadados que poco sabían del respeto por la vida ajena.

“¿Será este mi momento?” —pensé apretando la empuñadura de la espada entre mis manos. La ceñí con tanta fuerza que sentí las amatistas adheridas a mi piel.

No me lo pensé dos veces. Me deshice de la camisa de dormir y me enfundé unos calzones de mi hermano. Por suerte, él era desgarbado para su edad y yo escuálida para la mía. Me uní al grupo de residentes que se estaban organizando para intentar frenar el avance de esas gentes. La algarabía del momento me permitió escabullirme entre la multitud y nadie se percató de mi presencia. Al estar segura de que no permitirían ir con ellos, no pedí permiso, tan solo monté un caballo y me dirigí hacía el límite este de la aldea.

Había empezado a amanecer y la lluvia estaba amainando. Notaba el peso de la espada colgada en el cinto, a cada trote que daba, y en mi mente no paraban de asaltarme dudas. “Espero saber reaccionar cuando llegue el momento” —pensé.

Pronto atisbamos una humareda que se levantaba en el horizonte. Y lo primero que vi fueron unos pendones rojos que ondeaban al viento. Eso no me asustó; de hecho, atusé al caballo y puse rumbo hacia a mi destino a galope tendido.

Llegado el momento, empuñé la espada y solté las riendas. No estaba segura de poder matar a alguien, pero sin duda lo iba a intentar. El hombre que me encontré delante portaba un hacha doble y en su cara barbuda pendían restos de sangre seca. En sus ojos no vi ningún brillo de humanidad, su rostro era el reflejo del odio y de la barbarie. Pensé en mi madre y en mi hermano pequeño. Lo hice por ellos. Me lancé en estocada conteniendo la respiración, mientras que mi adversario lanzaba unos gritos espeluznantes por sus fauces abiertas al extremo. Él dejó ir el hacha de izquierda a derecha. Mis rápidos reflejos me permitieron agacharme justo a tiempo. Me incorporé rauda a la vez que con un veloz movimiento de mi espada le cercené la cabeza. Pude notar cómo se le quebraban los huesos del cuello y vi su sangre brotar como cuando una olla entra en ebullición. Esa imagen me impactó. Pero lo que más me sorprendió fue la facilidad con la que ejecuté tal maniobra. No tuve tiempo para más cavilaciones, pues otro jinete se acercaba a gran velocidad por mi flanco derecho.

Empuñaba también un hierro, aunque el suyo era tres veces más grande que el mío. Levanté la espada por encima de mi cabeza y redirigí el rumbo de mi montura con una sola mano. En cuanto los metales chocaron en el aire, un estruendo se dejó oír. El brillo violáceo de la hoja de mi arma se intensificó y cuando di la vuelta para volver a atacar, me percaté que mi contrincante solo alzaba una empuñadura. Había partido la hoja de su espada de un solo golpe.

Estaba azorada, empezaba a entender lo de la fortaleza interior. La tenía a buen recaudo bien adentro y solo la bruja la supo ver.

Y así fue como hice frente, por primera vez, a un grupo de hombres salvajes. Pero algo me decía que no sería la última…

@lidiacastro79

Sigue leyendo:

PARTE 4: IRA, LA GUARDIANA DE LA LUZ

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32 comentarios en “La bruja, la espada y la hija del herrero (3)

  1. Estoy con Javi, esta historia bien podría dar para un libro. Me ha gustado mucho y es que escribes muy bien. Ya veo que además de los microrrelatos, los macro se te dan igual de bien o mejor.
    Y la historia de esta muchacha bien merece que se desarrolle un poco más…
    Un abrazo.

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  2. Excelente presentación Lídia, creo que no sobra ni una palabra, en tres breves capitulos nos has puesto en antecedentes, presentado a tu heroina y mostrado las cualidades que poseen ella y la espada cuando están juntas, ahora sólo falta continuar con sus aventuras, ponerle un nombre al lugar y a lo personajes para continuar cabalgando a lomos de tu imaginación. hasta donde llegue el relato, ¿Quizás hasta gobernar un reino y abolir la absurda ley que condena el amor y el conocimiento de la naturaleza? Un beso.

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  3. Aunque me había despitado un poco, me acabo de poner al día y me he leído los tres de golpe. Me ha gustado mucho la historia, con sus batañllas y todo, y como lo cuentas, como escribes. Para mi (que no soy ningún experto ni mucho menos) es una escritura que transmite lo que quieres expresar de una forma muy clara y directa.
    Felicidades, y hazle caso a los que saben, que este relato puede dar mucho juego. Un abrazo ¡¡

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