Itzae, el elegido

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Cuando nací, el sol se oscureció. Era el elegido por los dioses para suceder a Ikal en el templo. El sacerdote fue el encargado de transmitirme toda su sabiduría y mostrarme cada creencia, cada ritual. Lo más costoso fue aprender el cálculo de los ciclos temporales y el movimiento de los astros. Y lo más sencillo, el ritual de consagración del espacio destinado a sacrificios: primero se delimitaba el perímetro con un cordel y en el centro, se disponía un brasero con incienso y maíz molido, el alimento sagrado. Aún recuerdo la primera vez que saqué de la ciudad el brasero con los restos quemados y el balché. Mis manos no dejaron de temblar hasta que los dejé y volví al templo sin mirar atrás. Solo así te asegurabas de que el demonio quedaba fuera.
Intentaba comprender la finalidad de los sacrificios humanos. Me habían inculcado que era algo necesario para nuestra supervivencia. Se suponía que debíamos alimentar a los dioses. Quienes habían creado el mundo y tenían el poder para destruirlo. ¿Y no eran capaces de alimentarse por sí solos? ¿Cómo lo hacían antes de la creación de la humanidad? Sabía que no debía poner en duda las doctrinas de mi maestro, pero… ¿Y no podíamos alimentarlos con maíz? ¿Por qué con sangre? ¿Sangre humana derramada de forma violenta…? Esa no podía ser la voluntad de unos dioses creadores de vida.
Transcurrido un tiempo, mi maestro partió con Kimil, el dios de la muerte. Y a mí me tocó ocupar su lugar, a pesar de mis dudas y discrepancias. Pero eso quedaba en el secreto de mi conciencia.
La verdadera prueba de fuego fue la primera vez que tuve que presidir un sacrificio humano. Una plaga había destruido todas las cosechas y los campesinos reclamaban sangre para fertilizar sus tierras y honrar así a Nal. No podía posponerlo por más tiempo, sabía que llegaría el momento, pero no imaginaba que sería tan pronto.
Organicé el ritual, purifiqué el espacio, pulí la daga con mango de jade… Todo estaba preparado. En mi mente no paraban de asaltarme las misma dudas, una y otra vez. Trajeron ante mí a la víctima: un joven sano y fuerte. Pude ver el terror en sus ojos en el momento en que lo tumbaron en el altar. Yo, situado a la altura de su abdomen, sostenía la daga entre mis manos sudorosas. La alcé por encima de mi cabeza al tiempo que cerré los ojos… ¿Por qué me había tocado tan aciago destino?
Justo cuando me disponía a descender la daga con fuerza, el cielo se oscureció y empezó a llover. Pero no caía agua. Era sangre. La población congregada a los pies del templo, enmudeció. Dirigieron sus miradas hacia mí, esperando una explicación.

– Los dioses han hablado. Ya no es necesario derramar más sangre. -Dije solemnemente.

Así me convertí en el primer sacerdote en no practicar sacrificios humanos.

@lidiacastro79

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