La bruja, la espada y la hija del herrero (10.4)

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PARTE 10.4. LA CONTINUACIÓN

Nuestra misión parecía sencilla: llegar al otro lado de la ciudad atravesando unos túneles para recoger algo y dirigirnos a la nave que se encontraba escondida en un recodo de la muralla cerca de allí.

Pronto, las alcantarillas que estábamos atravesando se ampliaron e iluminaron gracias a unas aberturas con rejas que aparecieron por encima de nuestras cabezas. Fue entonces cuando observé que las paredes estaban humedecidas y tenían forma circular. También pude ver la razón por la que mis pies se quedaban pegados a la pasarela metálica por donde pasábamos; la culpa la tenía una sustancia viscosa y oscura que me dificultaba avanzar. ¿Serían restos de sangre? Prefería no saberlo.

Continuamos hacia adelante, traspasamos una puerta doble que estaba rota y subimos un tramo de escaleras hasta llegar a una gran sala en la que las paredes amarillentas estaban llenas de inscripciones ininteligibles. Estas llamaron mi atención, así que aminoré la marcha.

— Son mensajes cifrados de los colonos —dijo el androide cuando me detuve.

— ¿Los entiendes? —le pregunté por curiosidad.

— Hay símbolos que se descifraron hace algún tiempo, pero los mensajes completos todavía son un enigma. Los criptógrafos continúan estudiándolos.

»Sigamos, Dri.

— ¿Tienes nombre o debo llamarte androide? —le pregunté al darme cuenta de que no sabía cómo dirigirme a él.

— Soy un androide al igual que tú eres una humana, pero ese no es mi nombre. No tendré nombre hasta que mi capitana me lo ponga.

— ¿Y quién es tu capitana?

— Mi capitana eres tú.

¡Vaya! ¿Capitana? ¿Capitana de qué? Me quedé pensativa unos instantes hasta que pude reaccionar.

— Eso es una responsabilidad muy grande. Tendré que pensarlo bien.

Continuamos adelante hasta que nos topamos con una puerta entrecerrada. Estaba atascada, tuve que clavar bien mis pies al suelo y ayudarme de un hombro para abrirla. Finalmente cedió, pero un gran estruendo se dejó oír.

Al momento, una punta de flecha pasó rozando mi mejilla hasta clavarse en la pared.

— ¡Nos han descubierto! ¡Cúbrete, eso son dardos envenenados!

— ¡¿Qué?! —pregunté horrorizada tocando la leve herida que tenía en la cara.

Me agaché y me oculté detrás de unas gruesas barandillas de hierro. Con la espalda apoyada en el metal, empecé a experimentar un cierto mareo. “¡No, espera! —me dije para mí— Esto es solo un entrenamiento, no me pondrían en peligro, ¿verdad?”

Otros dos dardos silbaron en el aire y se incrustaron en la pared que tenía enfrente. Debía hacer algo así que me posicioné para avistar a los colonos que nos atacaban. Eran tres de esos seres mutantes de cuatro brazos. De los de menor tamaño. Y aunque mi cuerpo temblaba, mi mano se mantuvo firme en cuanto apunté y disparé. No hice diana a la primera, pero al tercer disparo se oyó un gruñido acompañado de un golpe seco; había dado en el blanco. Me sentí satisfecha, sin embargo seguía prefiriendo mi espada a ese fusil tan pesado.

— ¡Vamos! ¡Por aquí! —me indicó el androide.

Atravesamos una pasarela más y llegamos a cielo abierto. Una gran explanada de tierra árida se abría ante nosotros.

— Tenemos que ir allí y recoger un chivato —dijo señalando hacia un edificio de hormigón abandonado.

— ¿Qué es un chivato?

— Un dispositivo espía que ha almacenado los movimientos de los colonos durante unas semanas. Es de crucial importancia recuperarlo. A veces los encuentran y los destruyen, pero este sigue operativo, recibo su señal.

Nos dirigimos con paso firme pero con cautela hacia ese gran bloque de argamasa. La puerta parecía un amasijo de hierros oxidados. Me costó un poco atravesarlo pero mi cuerpo menudo y flexible me facilitó la tarea. Era como un gran almacén lleno de contenedores de varios tamaños de los que desconocía el contenido. El androide se dirigió a un rincón donde se apilaban un montón de toneles y cajas con botellas, encima de unos palés de madera. Adherido en uno de los toneles había un pequeño aparato negro del tamaño de una nuez plana. Lo cogí y lo guardé a buen recaudo.

— Coge un par de esas —me dijo señalando hacia una caja llena de botellas.

Hice lo que me pidió. No sin preguntarme qué sería el líquido que contenían. Me cargué el fusil en la espalda y cogí las botellas.

— Tenemos que volver. La nave está en la parte trasera. Salgamos.

Sin dificultades llegamos a la nave y pusimos rumbo de vuelta. Estaba con la tensión a flor de piel. Hasta que no llegásemos, no recobraría la calma. Tomé asiento sosteniendo las botellas aun entre mis manos.

—¿Para qué son? —dije colocándolas en un receptáculo acolchado que había cerca de la puerta de embarque.

— Para celebrar tu primer entrenamiento. Tus compañeros se alegrarán de comer hoy con vino —contestó alegre.

— ¿Vino?

— Sí, en Pax Alba ya no podemos cultivar gran cosa y las últimas existencias están en terreno de los colonos.

Me volví a sentir mareada, entonces recordé la herida en mi mejilla. No quise hacer caso, pero el mareo aumentó hasta nublarme la vista y hacerme desvanecer. 

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La bruja, la espada y la hija del herrero (10.3)

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PARTE 10.3. LA CONTINUACIÓN

— ¡Dri, despierta!

Me encontraba semiinconsciente sobre un suelo duro y árido. Una voz metálica me hizo volver en mí. No podía levantar los párpados, el fulgor de la luz del sol me lo impedía. Con los ojos medio cerrados pude atisbar que me encontraba rodeada de vehículos abandonados. Esos automóviles hacía ya mucho tiempo que permanecían fuera de circulación. Sus chapas estaban oxidadas, las lunas habían desaparecido y sus interiores, sin entrañas, eran pasto de las malas hierbas. Todo ello les otorgaban un aspecto fantasmal.

Más allá del cementerio de chatarra, se podía ver lo que parecían los límites amurallados de una gran ciudad. Los edificios y muros cercanos estaban en ruinas, pero era fácil intuir que antaño, había sido una importante metrópolis.

En el suelo solo había tierra y la única vegetación existente eran unos cuantos matojos rodantes, típicos de zonas desérticas. Aun con los ojos casi cerrados, empecé a tomar conciencia de mi cuerpo y a moverme poco a poco para recuperar la flexibilidad de las articulaciones.

— ¡Dri, despierta! Aquí no estamos a salvo.

Y, de nuevo, volví a escuchar la voz metálica. Esta vez, intenté reconocer con la mirada de dónde provenía. Estaba cerca, pero no era capaz de ver ninguna figura que la acompañase. Abrí los ojos por completo y un extraño objeto volador, del tamaño de una calabaza pequeña con cuatro aristas, orbitaba alrededor de mi cabeza. Emitía una brillante luz desde el centro de su exoesqueleto. Me recordó a una luciérnaga aunque mecánica y gigante. ¿Era eso lo que me hablaba?

— ¡Levanta! Tenemos que buscar refugio —dijo con impaciencia.

— Pero… ¿Qué eres? ¿Dónde estoy? —Estaba desconcertada.

— Las preguntas luego, ahora levántate y corre. Los colonos nos vigilan.

¿Había dicho colonos? Dada su diligencia al hablar, le hice caso y no quise discutir, no me sentía en plenas facultades para ello. Me levanté con dificultad y empecé a moverme siguiendo a esa cosa en dirección a la muralla en ruinas.

A lo lejos, pude oír unos gruñidos y dos siluetas se dibujaron de repente en el horizonte a mi izquierda. Eran dos seres aparentemente humanos, pero con rasgos propios de insectos mutantes. Uno de ellos tenía cuatro brazos y la cabeza en forma de amantis religiosa, con varios ojos laterales y unas antenas a modo de cornamenta. Llevaban unas vestiduras un poco peculiares, con armaduras y unas capas roídas que caían por su espalda. El de mayor tamaño y altura, levantó dos de sus cuatro brazos en alto, mientras que con los otros dos nos señalaba. ¿Era un arma eso que blandía entre sus manos? De pronto, una energía desconocida me hizo correr con más premura. Sin duda, era la adrenalina generada por el miedo lo que impulsó mis piernas aun entumecidas.

Una vez a buen recaudo en el interior de la muralla, el objeto volador habló de nuevo:

— Soy tu androide —dijo.

—¿Mi qué? —Me sentía desconcertada.

— Has sido elegida como guardiana de la luz. ¿No lo recuerdas? A partir de ahora yo seré tu guía en la lucha contra la oscuridad.

En cuanto dijo la palabra “elegida” algo en mi interior empezó a despertar.

— Toma, coge esta arma y dispara a todo lo que veas moverse. Sígueme, —dijo sin dilación— tenemos que llegar al otro lado de la ciudad.

Una vez más, hice lo que me pedía sin rechistar. Supongo que el estar en peligro no me permitía pensar demasiado. El androide me guió con su luz por unos túneles estrechos y tenebrosos que parecían alcantarillas. Corríamos por encima de unas estructuras metálicas a modo de pasarelas. Yo sostenía entre mis manos el arma que me había entregado. Se trataba de un fusil rígido, pesado y con un cargador bastante limitado. Aun no conocía el alcance de este, pero debería apuntar bien si no quería quedarme sin munición a las primeras de cambio. Pero, ¡¿cómo sabía yo todo eso?!

— Apunta a la cabeza —dijo como si estuviera escuchando mis pensamientos.—  Espero que la cápsula de conocimiento te haya enseñado todo lo que necesitas saber —añadió.

Y ahí fue cuando la parte de mí que seguía dormitando se despertó de repente. Ya sabía dónde estaba. Otra cosa bien distinta era lo que tendría que hacer.


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La bruja, la espada y la hija del herrero (10.2)

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PARTE 10.2. LA CONTINUACIÓN

Después del desayuno empezó el verdadero entrenamiento. Ira, Ton, Zen y yo fuimos a la planta 0, es decir, bajo tierra, donde había una sala con una gran cabina individual en medio, un asiento en su interior y un montón de monitores alrededor. Tres hombres, un cristaliano y otros dos humanos, esperaban nuestra llegada.

— Doc, traemos a la aprendiz para el entrenamiento —dijo Ira dirigiéndose al cristaliano.

— Bien, pero primero, el chequeo —dijo sonriendo.

Uno de los humanos se acercó a mí con un dispositivo electrónico a modo de bloc de notas y empezó a hacerme algunas preguntas que parecían rutinarias.

— ¿Cómo te llamas?

— Ha… Dri, me llamo Dri —contesté titubeante. Aun no me había acostumbrado a mi nuevo nombre.

— ¿Qué edad tienes?

— Quince años.

Él iba repitiendo todo lo que yo decía a la vez que lo anotaba en su dispositivo. Aparte del cuestionario, que siguió con preguntas sobre enfermedades que recordara haber tenido o que las hubieran padecido mis padres, también me midió, pesó, tomó mi pulso, miró dentro de mis orejas, comprobó mis pupilas, temperatura, reflejos…

— Doc, ya he terminado —dijo el hombre.

— De acuerdo. Dri, ¿sabes cómo será el entrenamiento? —me preguntó mientras levitaba hacia mí.

— No.

— Se trata de un “entrenamiento de realidad virtual”. Te meteremos en esa máquina y te conectaremos a estos monitores donde controlaremos todas tus constantes. Tú sentirás que te duermes y despertarás en otro sitio, pero en verdad no te vas a mover de aquí. Queremos ver cómo te desenvuelves en diversas situaciones. ¿Has entendido?

— Sí —respondí impaciente.

— Vale. Cuando despiertes, es posible que te sientas aturdida, desorientada y que hayas olvidado algunas cosas, pero no tienes de qué preocuparte porque no vas a ir sola, allí encontrarás a tu androide. Él te guiará.

— ¿Mi qué? —pregunté sorprendida.

Doc echó una mirada a Ira que en seguida se sintió culpable por haberse olvidado de contarme esa parte.

— Lo siento no he tenido tiempo de… —empezó a decir ella.

— ‘Tiempo’ es justo lo que no tenemos, así que, vamos a empezar.

«Una vez allí ya descubrirás el resto —añadió Doc dirigiéndose a mí.

— Está bien, no pasa nada —dije para calmar los ánimos. Aunque ahora era yo la que estaba inquieta además de ansiosa.

Me metí en la cabina y me estiré en el asiento, que era muy cómodo, la verdad. Me pusieron dos trozos de plástico redondos en la frente que quedaron adheridos a mi piel; otro, en la muñeca izquierda y un último, en el cuello, por debajo de mi barbilla. Finalmente, me ofreció una cápsula de conocimiento.

— Es para que reconozcas las armas y sepas cómo usarlas.

Me la tomé y no dije nada, pero deseé que hubiera espadas allí donde iba.

— ¿Estás preparada?

— Sí —contesté al tiempo que mi mente se inundaba de imágenes de armamento.

Cerró la tapa transparente de la cabina individual y un vacío hermético me aisló totalmente del exterior. Ya no podía ni ver, ni escuchar nada procedente de fuera. Cuando el efecto de la cápsula de conocimiento pasó, empecé a sentir sueño, un apacible e irremediable sueño que me llevó lejos de allí. 

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La bruja, la espada y la hija del herrero (10.1)

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Ira me llevó a una sala donde un gran ventanal se abría a la derecha y a la izquierda, una serie de espejos, barras y cuerdas aguardaban colgadas de la pared. Nos sacamos el calzado antes de entrar y me presentó a Lía, una cristaliana de aspecto joven aunque con una larga cabellera cana recogida en una trenza que le caía a un lado. Vestía la túnica típica pero más corta y con unas aberturas laterales que le llegaban a la cadera. Por debajo, unas mallas que se ajustaban a sus piernas largas y delgadas. Todo blanco, aunque con un símbolo bordado en dorado a la altura del pecho. Era un heptágono pero con los contornos muy trabajados.

— Lía te enseñará a controlar tu respiración y tu energía —dijo Ira al presentármela.

— Querida Hadrianna vamos a practicar una técnica milenaria que se llama Qi Gong. Sigue mis indicaciones e intenta imitar mis movimientos.

Se puso de espaldas a mí, con la mirada hacia el sol naciente que se veía a través del ventanal y empezó a balancearse muy lentamente, agitando sus manos como si quisiera mover el aire. Me iba guiando sobre cómo y cuándo debía respirar y hacia dónde centrar mi mirada. Al principio me costaba seguir todas las indicaciones: rodillas ligeramente flexionadas, brazo derecho de un lado, inspirar, pierna izquierda hacia el otro, mirada al contrario, expirar… Pero al poco rato cogí el ritmo y empecé a notar cómo un calor recorría mi cuerpo. Me sentí un poco abrumada.

— Es la energía, la estás activando —me dijo sonriendo y sin que yo lo esperara. Había olvidado que los cristalianos leían la mente.

La sesión duró unos cuarenta minutos en los que la series repetitivas de algunos de los movimientos se me hicieron un poco pesadas, aunque cuando terminamos me sentía muy bien, ligera y a la vez llena de energía.

Ira me llevó a desayunar. “Por fin”  —pensé. Me moría de hambre.

Una vez en el comedor común, nos sentamos en una mesa junto a Ton y a otro chico llamado Zen. Un humano de ojos rasgados y pelo corto tan negro como el azabache.

Después de las presentaciones me centré en mi bandeja donde me esperaba mi bol pacyn o “porción de alimento completo y nutritivo”. El aspecto era como el de un puré de verduras con tropezones. Mi cara de disgusto era bien visible.

— Antes de empezar tienes que pensar en tu comida preferida y el pacyn adquirirá su sabor. Inténtalo —me incitó Ira.

Le hice caso y pensé en las gachas que preparaba mi madre, no es que fueran exquisitas, pero las prefería a los huevos revueltos; además, fue lo primero que se me ocurrió.

¡Increíble! Con la primera cucharada pude degustar el dulce sabor de la avena hervida en leche. “No está tan mal esto del pacyn” —pensé.

— ¿Y ya has pensado en tu nuevo nombre? —me preguntó Zen.

— ¿Cómo? —respondí sin saber a qué se refería.

— Aun no se lo he explicado —dijo Ira con cara de circunstancias.

«No sé si te habrás dado cuenta, pero aquí los nombres son… —empezó a decir dirigiéndose a mí.

— ¿Cortos? —La interrumpí. Ya me había fijado en eso.

— Sí. Solo se permiten nombres con un máximo de dos sílabas. Es una norma antigua, que se remonta a la primera coalición. Su objetivo no es otro que ahorrar en palabras a la hora de comunicarnos durante un combate. Está comprobado que eso puede salvar vidas. Así que, ve pensando en un nuevo nombre.

— También puedes acortar el tuyo —intervino Ton.

¡Vaya! ¿Cambiar mi nombre? ¿Acortarlo?

— No tienes que decidirlo ahora —dijo Ira al ver mi cara meditabunda.

Pero ya lo tenía decidido.

— ¡Me llamaré Dri!

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La bruja, la espada y la hija del herrero (10)

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PARTE 10. EL ENTRENAMIENTO


Aquella primera noche mi sueño fue ligero e inquieto. No descansé demasiado en la cama nueva, aunque era muy cómoda; quizás demasiado para mi espalda acostumbrada a la rigidez de un catre.


El silencio de mi habitación se rompió cuando una música empezó a sonar. Eran unos suaves sonidos mezclados con notas de un piano, pero no había visto ninguno la noche anterior. Entonces pensé que quizás sería algún artilugio de mi cuarto que la hacía sonar. Me incorporé y me quedé sentada unos segundos en el borde de la cama.

La ventana heptagonal, que hasta el momento había permanecido opaca, dejó pasar la luz del día de forma gradual. Me acerqué hasta el cristal y me reveló un paisaje insólito:


Un brillante cielo amarillento sin rastro de nubes se cernía sobre mí. Abajo, se abría una metrópolis, no demasiado extensa, pues podía divisar los límites sin dificultad. Una multitud de edificios en forma de torres metálicas con planta heptagonal se amontonaban dentro de una gran cúpula transparente que cubría toda la ciudad. Más allá de la cúpula, en el horizonte, se podía ver el mar. Un océano que, con el reflejo amarillo del cielo, parecía un manto verde. Era lo único verde que se podía divisar desde mi posición. Supuse que los bosques se hallarían en dirección opuesta. De forma instintiva miré a mis espaldas y me topé de nuevo con mi habitación. Entonces vi que una cápsula del conocimiento me aguardaba en la mesilla de noche, junto a un vaso de agua y a una nota manuscrita:


Tómatela. Te espero en el piso 1.

Ira

PS. No te olvides de la pulsera, la necesitarás.”


Me recordó a mi madre, siempre dando órdenes; aunque ya me hubiera gustado a mí que mi madre me mandara cosas tan interesantes y no ir a por agua, cortar leña o lavar ropa. Sonreí de forma nostálgica al pensar en eso.


Me tomé la cápsula y de nuevo experimenté una avalancha de imágenes y palabras que llenaron mi mente. Esta vez, la temática se centraba en la invasión de los colonos alienígenas, la primera coalición interracial y la fundación de la ciudad en la que me encontraba: Pax Alba


Una vez vestida, me aseguré de llevar la pulsera y salí de la habitación. Me dirigí a la plataforma donde estaban los ascensores. Era fácil, solo tendría que seleccionar el piso 1 en el panel. Aun así, estaba nerviosa. ¿Acaso Ira me estaba poniendo a prueba? Quizás formaba parte de mi entrenamiento… Respiré hondo y aligeré mi paso.


En el trayecto me topé con otras personas. Podía diferenciar bien a qué raza pertenecían teniendo en cuenta lo que me habían explicado. Todas ellas me miraban y sonreían. Yo les devolvía la sonrisa pero eso no impedía que sintiera vergüenza.

Una vez en el ascensor y con ayuda de la pulsera, accioné el mecanismo y seleccioné el piso. En un corto lapso de tiempo ya había llegado a mi destino. Cuando se abrieron las puertas me encontré con un corredor corto que desembocaba en una gran sala acristalada, muy luminosa y llena de cojines blancos repartidos por el suelo. Había algunas personas, sentadas encima de los cojines con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Eran todos cristalianos. No cabía duda de eso. Tuve la sensación de estar en el lugar equivocado, así que, antes de que nadie se moviera, desandé mi camino y volví al ascensor. Allí comprobé que me encontraba en el piso 11 y no en el 1. Debía de haber seleccionado el 1 dos veces, fruto de mi pulso alterado por los nervios. Me sonrojé y volví a intentarlo. Esta vez llegué sin problemas y allí estaba Ira esperándome.


— Has tardado mucho. ¿Algún problema?

— En absoluto —contesté firme. Realmente esperaba que eso no formara parte de mi entrenamiento o ya habría empezado con mal pie. 

 

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La bruja, la espada y la hija del herrero (9.1)

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2017-04-15 13.18.07

PARTE 9.1. LA CONTINUACIÓN

Ira y yo nos retiramos. Cuando estábamos camino de mi habitación le pregunté por los cristalianos, no quería quedarme con las ganas de conocer la última de las razas.

“Verás, Cristalia es el plano superior, se encuentra sostenido por una fuerza invisible por encima de Boscalia; su material principal es el cristal, su elemento es el aire y su número es el siete. Los cristalianos como Pater —dijo haciendo un ademán—, son gentes con un aspecto muy frágil, aunque ya sabes lo que dicen de las apariencias… ¿verdad? —preguntó de forma retórica—

Como ves, son delgados y altos, de tez pálida, pelo platino y ojos muy claros. Andan sin tocar el suelo, se desplazan grácilmente levitando. Siempre visten túnicas de seda blanca o azul, que hacen aumentar esa sensación de ingravidez. Pero, como te he dicho, nunca te dejes engañar por la apariencia de un cristaliano, pues están en el último escalón de la evolución, son muy fuertes e inteligentes y son los únicos que han conseguido la luz auténtica, de ahí que sus cuerpos, casi translúcidos, parecen estar rellenos de esa luz. Su fuerza no se basa en el aspecto físico sino en algo menos perceptible. Con su mente son capaces de vencer al más poderoso de los mortales. Entre ellos no necesitan hablar para comunicarse, utilizan la telepatía para mantener una conversación. Y aunque tienen la capacidad de leer todas las mentes, ellos pueden elegir quién lee la suya.

No duermen y tampoco comen, puesto que sus cuerpos están tan evolucionados que no se degradan, ni pierden su fuerza vital. Lo único que necesitan es su práctica diaria meditativa para mantener en equilibrio su energía. Y sus vidas pueden durar mucho, como un montón de vidas mortales juntas. Cuando a uno de ellos decide ha llegado su hora simplemente se desvanece la energía que hay en su interior y se funde en el gran océano de la luz. Su única función es guiar, dar luz, a aquellos que lo necesitan. Gracias a los cristalianos pudimos hacer frente a los colonos en la primera invasión, sin ellos los humanos hubiéramos desaparecido y los boscalianos probablemente, también.”

¡Vaya! Era extraordinario todo lo que acababa de aprender sobre las razas existentes. Entonces recordé algo que siempre repetía mi padre: “Los humanos somos la especie más avanzada por eso ocupamos un lugar privilegiado en la creación.” ¡Cuán equivocado estaba!

— Bueno, ahora toca dormir. Mi habitación es aquella —dijo Ira señalando hacia unas cuantas puertas más allá— Qué descanses. Mañana empezaremos con tu entrenamiento. 

“¿Entrenamiento? ¡Vaya! Ahora no podré dormir pensando en eso” —dije para mí cuando ya estaba metida en la cama.

Pero estaba tan cansada que no pude evitar cerrar los ojos y dejarme llevar. Mi último pensamiento, antes de caer en las manos de Morfeo, fue para mi familia… tan lejos de mí, tan lejos de la luz; viviendo en las tinieblas de la historia de la humanidad.

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La bruja, la espada y la hija del herrero (9)

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PARTE 9. NUEVAS RAZAS

Estaba expectante a la historia que me iba a contar Pater, así que cuando empezó a hablar, ya no pude sino dejarme llevar por su tono de voz hipnótico:

El mundo, antes de la llegada de los colonos alienígenas, estaba formado por tres planos diferentes: lo que llamamos el plano material o la Tierra, el plano celestial o Cristalia y el plano vegetal o Boscalia. Estos tres planos eran independientes entre sí y solo los humanos desconocían de la existencia de los otros dos.

Sobre los humanos ya sabes mucho, pues tú eres una de ellos. Además pudiste ver, gracias a la cápsula de conocimiento, sus avances y progresos en la historia. No siempre tuvieron fines pacíficos o consecuencias positivas. Vuestra naturaleza os hace ser irracionales, egoístas y muy dados a hacer el mal. Sois inferiores, menos evolucionados y vuestro mundo se encuentra en el plano más bajo. Por suerte, camuflados entre la multitud, se encuentran unos cuantos elegidos que son los encargados de equilibrar las fuerzas entre el bien y el mal. Ese es tu caso, Hadrianna y también el de Ira. Hoy podemos contar con la ayuda de muchos de esos humanos elegidos que habitaban en diferentes momentos de la historia de la Tierra.

Por otro lado, están los boscalianos. Ya has conocido a Ton, él es un ejemplar de la raza procedente de Boscalia. Su evolución está a medio camino entre la Tierra y Cristalia. En su mundo, el material principal es la madera y el elemento es el agua. Boscalia se encuentra sobre una capa de tierra rodeada de agua, a modo de inmensa isla donde se refleja la luz del mundo superior. Sobre la fértil capa de tierra crecen unos altos y frondosos bosques, que es donde residen los boscalianos; gentes fuertes, con la piel curtida y las manos acostumbradas a labrar la tierra y a escalar por los troncos. Su sangre no es roja sino que verde savia corre por sus venas a modo de plasma. De ahí el verde intenso de sus ojos, que puede cambiar de tonalidad, según el individuo. Además, su luz interior se capta a través del brillo que emana de sus pupilas de forma constante.

Su cuerpo, en apariencia robusto y muy fuerte, no lo es tanto, pues sufren dolor y se puede dañar. Además, igual que los humanos, necesitan comer y descansar para recuperar su fuerza vital.

La inteligencia de los boscalianos, aunque incomparable a la de los cristalianos, se encuentra bastante por encima de la de Ira y la tuya. Su sentido práctico y de supervivencia les ha llevado a sacar provecho de todo aquello que la naturaleza les ofrece. Son incapaces de dañar a ninguna criatura por razones egoístas o por el simple hecho de hacer el mal. Su dieta es vegetariana y su estilo de vida está muy ligado a los árboles. Son conocedores de los grandes secretos de las plantas y de sus remedios. Gracias a sus conocimientos, hoy en día empleamos la hechicería para restablecer la paz. Ira fue alumna de una gran hechicera boscaliana que tuvimos entre nosotros, pero que pereció al llegar al final de su vida con unos trescientos años de edad. Como ves, aunque longevos, los boscalianos son también mortales.”

Pater hizo una pausa, así que aproveché para darle un sorbo a mi té que ya estaba completamente frío.

— Creo que es suficiente por hoy. Se ha hecho muy tarde y debéis descansar —dijo Pater poniéndose en pie.

¡Vaya! El tiempo había volado escuchando sus historias. ¿Pero nos teníamos que ir justo en ese momento? ¡Aun no me había hablado de Cristalia y lo estaba deseando!

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