El lago esmeralda

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Lo llaman “lago esmeralda” por el color de sus tranquilas aguas; lo que nadie sospecha es la verdadera historia que se esconde detrás de ese color. Fue debido a una gran matanza de nereidas por parte del dios Poseidón. En un arrebato de locura transitoria acabó violentamente con la vida de todas las ninfas que habitaban en el lago, derramando su sangre color esmeralda en sus aguas y tiñéndolas para siempre.

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Así salvé mi alma 

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El edificio dedicado a Dios ya estaba terminado. Cada piedra, cada gárgola, cada arco ojival y cada ventana polilobulada había sido construida con mis propias manos. Lo que nadie sabía es que había hecho un trato con el mismísimo diablo, quien, a cambio de la construcción de la iglesia, me había exigido poseer el alma del primer ser que traspasara el umbral del sacro lugar. Pero fui más listo que el diablo e hice entrar a un lobo en la iglesia antes que yo; así salvé mi alma.

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A la carrera

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Corría lo más rápido que podía, el corazón me latía fuerte y por mis venas dilatadas circulaba rauda la sangre. Mi perseguidor había conseguido clavarme las uñas antes de iniciar la carrera, pero ya veía el refugio a solo unos metros de mí. Respiré aliviado en cuanto pude colarme por ese agujero de la caja de cartón, donde los humanos guardaban disfraces y máscaras. Era un ratón con suerte; el gato tendría que esperar otra ocasión para cazarme.

Esta entrada es para participar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac.

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Maldición 

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Era alegre y risueño pero una maldición que un aprendiz de hechicero le lanzó al azar, lo transformó en un feroz animal de piedra. Y así quedó condenado a estar enfadado por el resto de sus días en la fachada de un palacio del norte de Europa.

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La fórmula 

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Mis pasos resonaban sobre la madera al atravesar el puente cubierto. Iba tan rápido como las piernas me permitían. El frío azotaba a aquellas horas de la mañana y mis pies, anegados por la lluvia incesante, empeoraban la situación. Tenía que llevar la noticia a palacio. La información que atesoraba era de vital importancia, pues acabaría con años de amargura.

El hijo del boticario había encontrado la fórmula. Se dejó la máquina agitadora encendida toda la noche, y gracias a ese descuido, Rodolphe Lindt acababa de dar con la receta definitiva que permitiría que todo el mundo disfrutara de la sensación del chocolate fundiéndose en la boca.

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El postigo

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El espléndido día de sol y calor me hacía envidiar un largo paseo por las más de cien hectáreas ajardinadas. No me permitían salir del palacio, pero me conformaba con admirar los jardines desde mi privilegiada  posición. Mis funciones eran claras: dejar pasar el fresco, impedir la entrada del sol directo y evitar las miradas indiscretas, excepto la mía; los humanos no saben cómo de curiosos podemos llegar a ser los postigos. 

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Desde la fortaleza

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Los inviernos desde la atalaya de la fortaleza eran largos y duros, pero mi tarea de vigía me hacía sentir importante. Toda la ciudad se hallaba a mis pies, servil e indefensa; mientras yo, altiva y robusta, disfrutaba oteando el horizonte en busca de enemigos. Y es que ese es el principal objetivo de una torre de defensa como yo.

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