El secreto de la aldea

Estándar

Me desperté en el bosque. Mi ropa estaba por completo ajada y me costó un buen rato recuperar la movilidad de mis articulaciones. La humedad de la noche lo estaba cubriendo todo y amenazaba por calar mi cuerpo entumecido, pero al contrario de lo que pudiera parecer, no sentía frío. Intenté ponerme en pie con mucha dificultad pero no fui capaz de alzarme. Mis piernas no respondían como de costumbre, así que después de múltiples intentos fallidos, decidí gatear.


La oscuridad era total en la espesura del bosque, pero a pesar de eso, podía ver bastante bien. Supongo que mi vista se había acostumbrado a la negrura. Pero dudaba hacia dónde dirigirme. Por desgracia, estaba en una zona desconocida del bosque, no sabía cómo había llegado hasta allí, ni cuánto tiempo había transcurrido desde mi último recuerdo:


Era mediodía, mi madre me había mandado a por leña para la lumbre, pero me entretuve recogiendo unas bayas, tan dulces que hubiera sido un pecado dejarlas en la zarza.


¿Me habrían sentado mal las bayas? Mi abuela siempre me advertía de lo peligroso de consumir alimentos desconocidos en el bosque, como setas y otros hongos, pero había comido esas bayas otras veces, estaba seguro de ello, así que descarté esa idea.  


Continué gateando sin rumbo. Me dolía la espalda una barbaridad. Intenté guiarme con las estrellas, tal y como mi padre me había enseñado en mi niñez, pero la espesura de los árboles me impedía ver bien el cielo. Necesitaba encontrar un claro para ubicarme y decidir mi dirección. Me costaba mirar hacia arriba, mi cuello me resultaba ajeno. Tenía una sensación cada vez más extraña.


En ese momento, otro recuerdo me golpeó como un mazo en la cabeza. Recordaba haber visto un resplandor a lo lejos, que llegaba hasta mí a ras de suelo. Era una luz brillante y dorada, pero no procedía del sol, que estaba en su cénit a esa hora. Eso me desconcertó a la par que llamó mi atención. Quise averiguar de dónde venía y qué provocaba esa misteriosa luz. Pero a partir de ahí… no recordaba más.


Seguí gateando con temor y me percaté que mi olfato estaba muy sensible, era capaz de percibir cualquier olor que antes ignoraba: la tierra mojada, el rastro que unos ciervos habían dejado a su paso, el plumaje de un búho que dormitaba en su escondite. ¿Cómo era capaz de captar todo eso? Entonces, algo llamó mi atención. Un par de jabalíes, haciendo gala de sus hábitos nocturnos, pastaban con tranquilidad. Otras veces había visto cochinos salvajes y sabía que podían ser peligrosos, pues no dudaban en hacer frente a los humanos e incluso habían matado a los perros de un cazador de mi aldea. Pero en cuanto cruzaron sus miradas con la mía, se fueron despavoridos. Eso sí que fue raro.


Después de un largo trayecto sin rumbo, algo me pareció familiar. Eran las zarzas donde había recogido las bayas. Detrás de unos matorrales cercanos, vislumbré el destello de las antorchas de mi aldea. Me sentí aliviado.


Vi a Samuel, el propietario del molino, haciendo guardia en lo alto de la improvisada almena que habíamos construido desde los últimos acontecimientos. Una bestia salvaje amenazaba a la población. Se decía que era un oso, pero no lo sabíamos con seguridad, pues nadie lo había visto nunca. Solo encontrábamos el rastro de muerte que dejaba a su paso. Había acabado con la vida de algunas ovejas y cabras. Su última víctima, un anciano que se vio sorprendido por la espalda, tal y como atestiguaban las marcas en su espinazo.


La verdad es que había tenido suerte en mi odisea nocturna por el bosque. Seguro que mi madre estaría aterrada con mi desaparición.


Cuando estuve a una distancia cercana a la almena quise avisar a Samuel de mi llegada. Pero de mi boca no salió nada inteligible, solo gruñidos. Unos gruñidos que atrajeron su mirada espantada hacia mí. Al instante, dio la voz de alarma. Empezó a tocar la campana de aviso con una fuerza inusitada.


Todos los vecinos fueron apareciendo armados con hoces, horcas y antorchas. Entre ellos estaba mi padre. Sin mediar palabra, se abalanzaron hacia a mí y me atacaron cruelmente. Sentí tal perplejidad que ni siquiera intenté defenderme.


Justo antes de exhalar mi último aliento de vida, se me reveló, como una epifanía, lo acontecido en el bosque en las horas previas:


Había seguido la extraña luz dorada hasta toparme con una bestia salvaje: mitad oso, mitad humana, que había intentado matarme. Pero en el contacto de nuestros cuerpos, durante el forcejeo, mi alma, que se aferraba a la vida con la fuerza de un huracán, se había intercambiado por el alma de aquel monstruo que consiguió arrebatarme la vida. Recordaba perfectamente haber observado mi cuerpo inerte y mutilado tirado en el suelo. Entonces, impactado por encontrarme atrapado en el cuerpo de un ser monstruoso, me desvanecí.


Supongo que mi mente había olvidado esa parte del suceso, en un intento de protegerme, pero no pudo evitar mi aciago final. 


@lidiacastro79


Este fue el relato con el que participé en el Concurso de La sombra dorada

Licencia de Creative Commons

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License
Anuncios

Mi amigo invisible

Estándar

Cuando se aproximaba el final del trimestre, antes de las vacaciones de Navidad, en mi colegio hacíamos el “amigo invisible”. Se trataba de que a cada uno nos tocaba un compañero a quien tendríamos que hacer un regalo el último día de clase. Pero, en los días previos, debíamos dejar pistas sobre nosotros. Era algo muy divertido.

Recuerdo un año en que esa celebración fue muy especial y cambió mi vida para siempre:

Entré en el aula y fui hacia mi pupitre. Me senté con desdén, pues me tocaba matemáticas y no era mi materia preferida precisamente. Al meter las manos en el cajón para sacar el libro, algo inusual captó mi atención: ¡Era una nota! Un pedacito de papel cuadriculado, manuscrito y muy bien doblado. Lo abrí como quien manipula pólvora y lo leí.

“Hola, soy tu amigo invisible y esta es la primera pista: Soy muy tímido. Espero que esta ‘chuche’ te anime el día”.

Volví a hurgar en el cajón y encontré una gominola. Esbocé una sonrisa tonta y me comí el dulce antes de que llegara la profe.

Al día siguiente, volví a encontrarme con otra nota y, de nuevo, iba acompañada de un caramelo. La pista decía:

“Odio las mates y mi asignatura preferida son las sociales”.

¡¿Y quién no odia las mates?!-pensé.

Cada mañana me levantaba con gran entusiasmo para leer las pistas de mi amigo invisible (y comerme las chuches).

Un día la nota iba acompañada de un chupa chups de esos que te pintan la lengua. Y en la pista ponía:

“No tengo amigos y siempre juego solo a la hora del recreo”.

Esa confesión me hizo entristecer. ¿Cómo una persona tan detallista podía no tener amigos? Entonces decidí escribirle yo. Le puse que yo sería su amiga. Si me decía dónde estaba a la hora del recreo iría y jugaría con él.

Ese mismo día, después de la clase de educación física y antes del descanso, me encontré con una respuesta:

“Siempre estoy en el ático del ala norte del edificio, hay muy buenas vistas del recreo”.

¿Qué demonios hacía en el ático? No nos dejaban ir allí. Y, además, ¿cómo había podido responderme si estábamos en el gimnasio?

Aparté esos pensamientos de mi mente, las ganas de saber quién era fueron más fuertes. Así que, cogí mi bocata, mi abrigo y me dirigí al ático. Subí todos los peldaños sin respirar, cuatro pisos, hasta toparme con una puerta de madera muy envejecida que estaba medio abierta. La empujé con temor, sabiendo que estaba incumpliendo las normas, pero a la vez con expectación… ¿Quién sería mi “amigo invisible”?

El ático hacía a sus veces de almacén, con lo que estaba lleno de cajas y trastos viejos. Al fondo habían unas ventanas con los cristales muy sucios y que, efectivamente, daban al patio. Mientras estaba asomada mirando hacia abajo, una voz a mi espalda me sobresaltó.

-Gracias por venir. -Me dijo con vergüenza.

De forma instintiva me giré, pero no había nadie. Estaba oculto.

-¿Por qué te escondes?

-No sé… Es que nadie excepto tú me había hecho caso.

-No seas tonto. Quiero verte.

-¿Me prometes no salir corriendo?

-¿Por qué tendría que salir corriendo?

Al tiempo que decía eso, una figura salió de detrás de los pupitres antiguos que se apilaban en un rincón. Desde luego, no era un compañero de mi clase. Se trataba de un niño muy delgado y el color morado de sus ojeras destacaba sobre su tez grisácea. Su vestimenta me recordó a los uniformes que antaño habían llevado los alumnos del colegio. Además, su perfil estaba difuminado, como si una fina niebla lo envolviese.

Entonces, de repente, lo entendí todo: mi “amigo invisible” era un espíritu y yo tenía un don.

@lidiacastro79

———————–

Esta entrada la he escrito para la retoinvitación que me mandó mi compañero y buen amigo Carlos, espero que esté a la altura de las expectativas 😉 Le paso la retoinvitación sobre temática navideña a mi compañera de fatigas Yolanda, a quien además, aprecio mucho 🙂

Licencia de Creative Commons

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

El día que me encontré con mi doble

Estándar

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte… ¿Te imaginas encontrarte con tu doble por casualidad? En la calle, mientras cruzas un paso de peatones  de camino a algún lado y, de repente, ahí está, atravesando la misma calle en sentido contrario. Os miráis. Primero de forma casual, después vuestras miradas se sostienen más allá de lo socialmente permitido; incluso giráis el cuello cuando ya no os es posible seguir mirando de frente.

¿Le diríais algo? Yo, sí. No creo que dejara escapar esa oportunidad única. ¡Es mi doble! Somos iguales físicamente e incluso compartimos algo a nivel psicológico ¿no? En ese caso, me caería bien, seguro. Y no es una cuestión de pedantería, es que creo que os pasaría a todos. Y si hay alguien que no se cae bien así mismo, que vaya pidiendo hora a un terapeuta porque seguro que tiene algún trauma personal por resolver.

Pues resulta, que esto es lo que pensaba hasta hace un par de semanas, cuando me encontré con mi doble en una calle principal y muy concurrida de Madrid. Era mi primera vez en la capital y, por supuesto, aproveché la ocasión para confundirme con el resto de turistas que visitan la ciudad. Fui a la plaza del Sol, paseé por la calle Preciados hasta la plaza Callao, hice una foto al cartel de la Schwe… (ups, no sé si está bien incluir marcas comerciales, mejor lo voy a omitir); la lluvia me acompañó por mi visita al Parque del Retiro, donde me refugié en el delicado Palacio de Cristal; dediqué buena parte de mi tiempo a deleitarme con el arte que se encuentra en el Museo del Prado… En fin, ¡lo más típico!

Cuando iba camino de la Puerta de Alcalá, mientras estaba parada en uno de los numerosos pasos de peatones con semáforo, me fijé en una chica al otro lado de la calle. Llevaba un gorro de lana muy molón. A mí me gustan mucho los gorritos y con el frío que hacía me hubiera ido genial tener uno. Fue por eso que me fijé en ella, por el gorro en forma de boina, de color granate y blanco. Después de admirar el susodicho gorro trasladé mi mirada a su cara y me sorprendió descubrir un parecido asombroso a mí misma: tez morena, grandes ojos pardos, pómulos prominentes, barbilla afilada, pelo castaño y corto, escondido bajo el gorro, solo el flequillo liso quedaba a la vista. Era mi viva imagen.

Ella no pareció percatarse de mi mirada descarada pues seguía hablando animadamente con su acompañante: un joven un tanto rechoncho que cargaba con la funda de un instrumento de música; muy probablemente, una guitarra. Ella llevaba las manos libres y no paraba de gesticular, algo que yo suelo hacer mucho. Solo colgaba de su hombro derecho un bolso de piel oscuro.

Pensé que quizá formaban parte de un mismo grupo musical en el que ella era la vocal. Siempre me ha gustado cantar, aunque solo lo hago en el coche o en la ducha. Pero por cuestión de unas afonías tuve que visitar a una terapeuta de esas que tratan los trastornos en la voz, y me comentó que valdría para cantante. Fue halagador saberlo, pero no me sirvió de nada, pues mi trabajo de analista de datos no tiene mucho que ver con cantar, de hecho casi no uso mi voz en toda mi jornada laboral.

Bien, volvamos a mi doble. En ese momento, todo pasó muy deprisa. Un alud de pensamientos desbordaron mi mente. ¿Sería verdad? ¿Era mi doble o solo lo parecía? ¿Debía hablarle? Tal vez, ¿llamar su atención? ¿Acercarme a ella?

Yo estaba enfrascada en mis pensamientos, que repiqueteaban en mi mente como cientos de martillos, cuando el semáforo se puso en verde y todo aquel que esperaba quieto, empezó a moverse. Aquella chica y su acompañante, también. Venían hacia mí, no exactamente de frente, sino por mi derecha y yo seguía parada. De repente, todo el frío que sentía minutos antes se desvaneció y mis manos empezaron incluso a sudar… ¿Qué debía hacer?

Pues bien, fue tal mi estupefacción, que me quedé petrificada. No pude moverme, ni articular palabra. ¡Todo pasó rapidísimo y no supe reaccionar! Perdí la oportunidad de cerciorarme si era mi doble o solo habían sido imaginaciones mías. No creo que se vuelva a repetir esa situación una segunda vez, así que mi consejo es: ¡Si crees haber encontrado a tu doble, no dejes pasar la oportunidad!

@lidiacastro79

Entrada para participar en el Reto “Móntame una escena” del blog Literautas.

Licencia de Creative Commons

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

 

Sin aliento

Estándar

Salgo de allí corriendo. No podía aguantar más su tono de voz. Mi respiración es entrecortada y el sudor está empapando mi espalda cuando alcanzo la puerta giratoria; nunca me había percatado de lo lento que va el dichoso mecanismo. Apoyo las manos en el cristal para hacer presión y que gire más rápido, pero desisto en cuanto veo al de seguridad mirándome con cara de pocos amigos.

Cruzo la avenida a toda prisa y sin mirar atrás. Necesito recuperar el aliento, así que me refugio en un callejón. Saco mi móvil del bolsillo, tengo una llamada perdida de hace poco. En plena discusión acalorada ni siquiera he escuchado el sonido. Aunque era imposible que escuchara otra cosa que no fueran los gritos que vertía sobre mí el cretino de mi jefe. Yo tampoco me he quedado corta. Le he dicho todo lo que llevaba dentro y lo había estado guardando durante largo tiempo, así que me ha salido todo a borbotones y sin freno.

Todo se remonta a hace dos meses, cuando me encargó que cubriera la noticia sobre un asesinato que tuvo mucho revuelo mediático. Seguí el curso de la investigación a conciencia e invirtiendo más horas de las debidas, entrevisté a todas las personas relacionadas con el asunto e incluso me hice con información privilegiada sobre el caso, gracias a que el investigador al mando de la operación está coladito por mí y con un poco de coqueteo no me fue difícil sonsacarle cierta información clasificada. El caso quedó sin resolver: se encontró el cuerpo, se halló el arma homicida, se determinó la causa de la muerte,… pero no dieron con el culpable. Aun así, mi artículo quedó perfecto y ese día nuestro periódico fue el más leído de la ciudad.

Entonces, ayer se encontró otro cuerpo y mi “informador predilecto” (a quien, por cierto, he decidido dar una oportunidad dejando que me invite a cenar el sábado), me dijo que la forma de la muerte era sospechosamente similar que en el caso anterior. Todo apunta a que se trata de un asesino en serie. La noticia tenía que ser mía, era lo más obvio. ¡Pues, no! Resulta que mi jefe cree que estoy demasiado implicada con el caso y que además, ha escuchado rumores sobre que tengo un lío con un detective y eso da mala imagen para el periódico. “La reputación del periódico es lo primero.” -No ha parado de repetir hace un momento. ¿Qué? ¿Y él se incluye en esa reputación? Porque resulta que está felizmente casado, pero tuvo una aventura con su secretaria que fue un escándalo. Y hace apenas tres semanas me hizo proposiciones indecentes, que yo rechacé, claro. ¿O es que él no cuenta a la hora de salvaguardar la honra del periódico?

En fin, no se debió tomar bien que le rechazara entonces y ha aprovechado la ocasión para vengarse y echarme. Pero yo le he querido dejar un recuerdo… Antes de irme corriendo de allí, le he partido la ceja con el libro de recetas de mi difunta abuela que tenía guardado en la oficina. Es lo único que me he llevado con las prisas. Creo que ahora voy a tener más tiempo para cocinar.

@lidiacastro79

Entrada para participar en el reto mensual “Móntame una escena” del Blog Literautas.

Licencia de Creative Commons

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License


Flota 7092-8. Parte 2

Estándar

 

– ¿Capitana?

– Dime Luci. Espero que tengas buenas noticias… -dije mientras posicionaba mi silla giratoria hacia donde se encontraba el androide.

– Por lo que respecta a las coordenadas del planeta Marte que me pediste que investigara, corresponden a un enclave no muy lejos del asentamiento que nuestra coalición tiene en el planeta rojo.

– De acuerdo… Manda un mensaje encriptado a Ralph, el capitán de dicho asentamiento, y adviértele que patrullen el terreno. Por si acaso…

– Hecho. Por otro lado, sobre nuestro intento fallido de acabar con el jefe en la luna…

– ¡¿Has podido averiguar por qué llevaba un sombrero de copa?!

– Agradecería que no interrumpieras mis explicaciones -dijo con voz adusta.

– Ay, lo siento Luci, es que realmente me tiene intrigada ese asunto -me disculpé poniendo la cara más angelical de mi repertorio.

Como androide, siempre le costaba leer algunos gestos imperceptibles o reconocer la comunicación no verbal, pero era incapaz de no ablandarse (ni que fuera solo un poquito) a mis cara angelicales. Por un momento se quedó sin palabras… (pero solo fue un momento).

– …mmm… como iba diciendo, en nuestro intento fallido por dar muerte al jefe de los colonos, se nos pasaron por alto muchas más cosas, a parte del sombrero de copa. El nexo biomecánico que había en su guarida era, como yo apunté, un dispositivo de comunicación planetaria.

– Mucho me temo que habrán convocado a más ejércitos… -dije meditabunda.

– Eso es lo que creía yo, también. Y la confirmación está en que he recibido nuevos cambios en las mediciones electromagnéticas de esa zona. Creo que ya han llegado a la luna y no tardarán en estar listos.

– Pues tendremos que volver a ir… ¡pero esta vez mejor preparados!

En ese momento me acordé de Joe, mi segundo de abordo y experto armero, que estaba preparando una arma nueva para hacer frente al ogro lanzador de rayos fulminantes. ¿La tendría lista?

– Bueno, ¿y qué hay de lo del sombrero de copa? Claro está que no iba de boda… -dije irónicamente.

-…mmm…

– ¡Perdón, olvidaba que no pillas la ironía! Olvídalo.

– Pues bien, según mis datos, la tecnología del objeto es alienígena, así que es un sombrero de copa pero solo en su forma. Eso es lo único que puedo afirmar con seguridad ahora mismo. Seguiré investigando para saber qué es exactamente.

– Buen trabajo. Mantenme informada, gracias.

@lidiacastro79

(Para leer la Parte 1)

Licencia de Creative Commons
Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

Aroma de coco

Estándar

Cuando despertó, todavía estaba allí. Tenía los ojos aún cerrados pero percibió el inconfundible aroma de su piel. Yacían desnudos, cubiertos solo en parte, por una sábana de lino blanca. Dormían de lado y él tenía su rostro casi rozando la sensual espalda de su compañera. Inspiró profundamente: olía a coco. Ese era el aroma que desprendía su morena y tersa piel. Normalmente, su dermis era más bien rosada, aunque en verano adquiría ese tono bronceado que tanto le atraía. Alargó los dedos con sumo cuidado y la acarició suavemente. Su tacto se le antojó ardiente y por un momento tuvo el impulso de abrazarla entera, pero se frenó para dejarla descansar y así admirarla mientras dormía. Era la primera vez que podía hacerlo y lo estaba deseando.

Las curvas de su cuerpo se veían pronunciadas dada la posición. Su brazo derecho reposaba en el costado y la mano le caía hacia adelante en la zona de la cadera. La línea de la columna se le marcaba ligeramente a lo largo del dorso. Él la ascendió con la mirada, hasta toparse con un pequeño tatuaje que se mostraba en su hombro derecho. Sus rizos rojizos caían por su cuello de forma desordenada. Le encantaba juguetear con ellos cuando tenía ocasión, por eso puso el dedo índice en el interior de un bucle, sin llegar siquiera a tocarla. Ella no siempre se lo permitía. De hecho, no le gustaba demasiado que le palparan el cabello. Del carnoso lóbulo de su oreja colgaba una libélula plateada. Eran sus pendientes especiales, decía ella.

Esa noche había sido, sin duda, especial.

Encima de la mesilla todavía estaban la botella de cava vacía y el bol que había contenido unas exquisitas fresas. De debajo del bol asomaba el billete de avión que él había cogido sin pensarlo dos veces, para darle una sorpresa.

¡Y vaya si la había sorprendido!

Mientras rememoraba esos instantes, de repente, ella inspiró profundamente y, a la vez que exhalaba, se giró hacia él. Pudo observar cómo sus perfiladas pestañas se entreabrían y dejaban al descubierto esos ojos castaños, con matices dorados, que tanto le gustaban.

Buenos días -dijo ella al tiempo que una adorable sonrisa se dibujaba en sus labios.

Estiró los brazos hacia él, hundió el sonrojado rostro en su pecho y se fundieron en un abrazo cálido y tierno. Se quedaron así, entrelazados, en silencio, disfrutando de su primer despertar juntos.

@lidiacastro79

Entrada para participar en el reto Inventízate del blog: El libro del escritor

Licencia de Creative Commons
Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

Un golpe afortunado

Estándar

Caminaba por la angosta calle empedrada. Mis pies, enfundados en unas botas, luchaban por no resbalar. Eran casi las cuatro de la tarde pero la luz del día ya se apagaba, además una cortina de lluvia perturbaba mi visión. Sin poder evitarlo, me golpeé la pierna con un saliente. Me desestabilicé y mi tobillo se dobló por completo.

Las costuras de mi impermeable cedieron y dejaron mi espalda empapada. Por suerte, ya llegaba a casa. Abrí la puerta del zaguán y me despojé de todo lo que me cubría. Entré en casa y me estremecí al sentir la calidez del fuego. Acerqué mis ajadas manos a la chimenea y observé con atención la pierna dañada. Un morado asomaba en mi espinilla. Y en el tobillo había aparecido un bulto del tamaño de un huevo. Fui a por unos cubitos de hielo para bajar la inflamación, pero no tenía. Olvidaba que la casa carecía de congelador, solo tenía una nevera de pequeño tamaño. Con el clima del lugar, se conservaba todo perfectamente sin necesidad siquiera de refrigeración.

Empezaba a sentir un dolor agudo, así que busqué un analgésico.

¡Maldición! -bramé.

Solo encontré un blíster vacío dentro de su caja de cartón. No era muy partidaria de tomar medicinas, pero en ese momento hubiera pagado cualquier cosa por un paracetamol (o por una bolsa de guisantes congelados). El dolor era tal que ya no podía apoyar siquiera las puntas de los dedos en el suelo.

Vivía en ese pueblecito pesquero, aislado de la civilización, desde hacía tres meses, cuando decidí cambiar mi vida por completo. En ese momento, me pareció una mala decisión. Afortunadamente, mi vecina, la que remendaba las redes en el puerto, me había dicho que el boticario solía hacer visitas a domicilio si era necesario. A falta de un médico cercano, era una buena alternativa. Lo llamé. Una cándida voz de anciano me respondió y me dijo que en seguida mandaba a su aprendiz a traerme una pomada que seguro aliviaría mi torcedura.

Al cabo de unos treinta minutos, que se me antojaron eternos, alguien llamó a mi puerta. Ya vestida con mis mejores ropas de franela, abrí y me topé con un joven empapado que sostenía una bolsa. Por su altura y robustez deduje que era o había sido militar. Le hice pasar y le presté una toalla. Se ofreció a reconocerme el tobillo, pues resultó que había estudiado primeros auxilios en su paso por la marina. Sus grandes manos cogieron con extrema delicadeza mi tobillo. Su tacto era cálido y agradable. Me estremecí y aparté la mirada avergonzada, esperando que no se diera cuenta. Me untó la pomada y se puso en pie con la intención vacilante de marcharse.

Era la primera vez en mucho tiempo que agradecí la compañía de alguien. Deseaba que se quedara más pero era incapaz de perdírselo. Cuando se dirigía a la puerta, la tetera empezó a pitar.

-¿Te apetece un té? -dije sin pensar.

-Claro -respondió con una sonrisa.

@lidiacastro79

Licencia de Creative Commons
Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License