Polperro

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Calles estrechas y empedradas. Viviendas de madera y piedra con zaguán delantero decorado con plantas, llenando las laderas del escarpado terreno que se abre al mar. Redes, boyas y barcas varadas allí donde mires… Este es Polperro, un pueblecito pesquero del suroeste de Inglaterra.

El día que lo visité el ambiente estaba cargado de humedad y una misteriosa niebla dificultaba la visión, a la vez que te calaba hasta los huesos. Para ser mediados de julio y las dos de la tarde, soplaba una suave y fría brisa que me dejó tiritando.

Lo que más me atrajo del sitio fue el enigma que se escondía detrás de cada piedra, en cada rincón. Como si las paredes guardasen un antiguo secreto jamás desvelado. ¡Quedé prendada!

(Y eso que iba con treinta adolescentes con ganas de divertirse a los que no se les ocurrió otra cosa que ascender a una de las abruptas cimas que precipitaba en un acantilado sin protecciones. ¡¿No podían simplemente echarse selfies o buscar pokémons y dejar lo de las montañas para Kilian Jornet?!)
@lidiacastro79

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Mitología vasca

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En una fugaz visita a Bermeo pude descubrir un conjunto escultórico, obra de Néstor Basterretxea, que representa la cosmogonía vasca. Son un total de 18 piezas de bronce situadas alrededor de un pequeño parque circular.

Fue mi gran interés por la mitología y la energía que me transmitieron dichas esculturas, lo que me animó a investigar un poco más y a escribir este post.

Como en toda mitología antigua, en la vasca podemos encontrar un panteón de divinidades muy diverso. Todas ellas muy arraigadas a la naturaleza y con claras influencias de la mitología celta.

Entre las divinidades, destacar a la principal, relacionada con lo femenino:

  • MARI. Diosa más importante y se asocia con la madre naturaleza. Habitaba en las cuevas de las montañas de la región. Su principal morada era la cara este del monte Anboto, de aquí que se la conozca también con el nombre de “Dama de Anboto”.
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Diosa Mari. Foto: @lidiacastro79

Vemos pues, que la mitología vasca da mucha importancia a la fertilidad y al hecho de crear vida propio del elemento femenino. Pocas mitología antiguas tienen como figura principal a una diosa.

Como elemento masculino, me quedo con el siguiente dios:

  • AKER BELTZ. Dios protector de los animales de la casa. También conocido como “Macho cabrío negro”. Estaba presente en los akelarres. Durante la tradición cristiana, en un intento más de desprestigiar los ritos paganos, este dios fue asociado con el demonio.
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Dios Aker Beltz. Foto: @lidiacastro79

Del mismo modo que los dioses pueden crear vida, también pueden traer muerte y destrucción. Es el caso de:

  • EATE. Dios de la tempestad, del rayo, de la riada y del huracán. Muy temido por las consecuencias de sus actos. También conocido como “El que arrasa con las cosechas”.
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Dios Eate. Foto: @lidiacastro79

  • GAUEKO. Dios de la tinieblas y de la noche. Se le representa como un lobo negro, aunque es zoomórfico, puede adoptar distintas formas. Se dice que devoraba a ovejas y pastores. Como le temían tanto, Mari regaló a los humanos la luz de su primera hija ILARGI (Diosa de la luna). Pero no era suficiente, así que les obsequió con la luz de su segunda hija EGUZKI (Diosa del sol).
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Dios Gaueko. Foto: @lidiacastro79

El hecho de que muchos dioses representen elementos de la naturaleza no es por casualidad. No podemos olvidar que las mitologías no son más que el reflejo de la sociedad que las crea, por tanto, no es de extrañar que los dioses vascos tengan tanto que ver con la tierra, pues dependían de ella para su supervivencia.

Lo que sí que me pareció curioso es la existencia de un dios del arco iris, seguramente debido al clima atlántico predominante en la región, donde las lluvias son constantes y no son nada extraños estos fenómenos naturales. El dios en cuestión es llamado:

  • OSTADAR. Dios del arco iris. Se cree que era un puente que unía el dios cielo (ORTZI) con la diosa tierra (LUR).
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Dios Ostadar. Foto: @lidiacastro79

Esta es mi visión inexperta sobre la mitología vasca. No es más que una pequeña aproximación a la cosmogonía según los antiguos vascones, pues como he podido comprobar es muy compleja y dificultosa, puesto que un mismo dios puede ser llamado de diversas maneras y existen diferentes versiones de un mismo mito.

@lidiacastro79

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Bilbo: historia, arte y naturaleza

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Bilbo (y no me refiero al de “Bolsón Cerrado”) es una ciudad con mucha historia y eso se refleja en sus calles, edificios y monumentos.

La primera impresión de la ciudad fue desde el taxi a la 1:00 de la madrugada, así que solo recuerdo un confuso juego de luces y sombras mezclado con la humedad del ambiente y el cansancio por el retraso.

Ya de día, y después de haber dormido unas prudentes cinco horas, la visión fue mucho mejor. Salí al balcón, donde unos geranios rojos reposaban frondosos, y el murmullo de la ría Nervión me dio los “buenos días”.

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Fachadas de Bilbao. Foto: @lidiacastro79

De mi observación, destacar las fachadas de los edificios antiguos: con sus porticones de madera, balconadas de hierro forjado y tribunas acristaladas. Y la multitud de flores y plantas que decoraban alféizares y barandillas.

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Detalle tribunas. Bilbao. Foto: @lidiacastro79

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Fachadas de Bilbao. Foto: @lidiacastro79

Su pasado industrial es fácilmente reconocible en algunas reminiscencias aún existentes, como alguna chimenea de ladrillo o la conservación de las fachadas de algunas fábricas y almacenes de la época. Lo histórico convive con lo actual, en una armonía envidiable.

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En primer plano “Variante Ovoide” de J. Oteiza (representa una cabeza con chapela). Al fondo, una chimenea de época industrial. Foto: @lidiacastro79

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Mezcla de lo antiguo y lo nuevo. Foto: @lidiacastro79

El Guggenheim es visita obligada. Solo el edificio ya vale la pena, pero no solo su exterior… el interior es igualmente impresionante.

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Museo Guggenheim de Bilbao. Obra de Frank Gehry.  Foto: @lidiacastro79

Lo más original que pude ver, fue el poema de neón que se podía leer (a gran velocidad) en castellano, en euskera y en inglés. Y las gigantescas estructuras metálicas de Richard Serra.

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“Truisms” by Jenny Holzer. Foto: @lidiacastro79

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“La materia del tiempo” de Richard Serra. Foto: @lidiacastro79

Más inquietante fue la visión de las obras de Louise Bourgeois, aunque pude descubrir en ella a una interesante y traumatizada artista de una vida muy longeva.

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Foto sacada antes de que un “chicarrón” del norte me advirtiera de que no se podía. Foto: @lidiacastro79

Menos suerte tuvimos con el Puppy, que estaba rodeado de andamios y cubierto con unas gruesas telas verdes (foto no disponible por indisposición floral canina).

Callejear por el casco antiguo, bordear la ría paseando y subir al monte Artxanda con el funicular son algunas de las cosas de las que disfrutar si el tiempo acompaña (y si no acompaña, también).

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Puente Zubi Zuri sobre la ría Nervión. Foto: @lidiacastro79

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Vistas de Bilbao desde el monte Artxanda. Foto: @lidiacastro79

Lo de ir de pintxos fue toda una experiencia. Vegetarianos, veganos y macrobióticos (este último, mi caso) no lo tienen nada fácil. Con decir que, para los de Bilbao, el jamón de York y el atún son catalogados de verduras. ¡Que a nadie se le ocurra preguntar si un pintxo, donde está todo trinchadito, contiene carne o lácteos! Porque les sale el lado oscuro y te contestan un “¡Yo qué sé!” acompañado de una cara de perros (abstenerse pues, personas con intolerancias y alergias alimentarias). En fin, me hinché a pintxo de bacalao, que se veía lo que era.

Me quedé con las ganas de probar el marmitako. Por lo visto necesitas reserva para comerlo y no me quedó claro si la causa fue que no era temporada o que el bonito se acompaña de sangre de unicornio en vez de con patatas.

Visitar la costa, es una buena opción cuando ya has recorrido toda la ciudad. Por eso fuimos a Bakio, paraíso de los surfers. Muy buenas vistas desde la playa.

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Playa de Bakio. Foto: @lidiacastro79

San Juan de Gaztelugatxe, fantástica excursión de unas dos horas para ascender hasta la ermita y tocar la campana. Mar y montaña a partes iguales. Y como lucía un sol brillante, nariz y pómulos rojos, de regalo.

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Ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Foto: @lidiacastro79

Y, finalmente, Bermeo, típica zona portuaria con un paseo marítimo lleno de bares y terrazas. Pero con un conjunto escultórico que me sorprendió gratamente sobre la cosmogonía vasca (explicación mitológica sobre el origen del mundo).

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Paseo marítimo de Bermeo. Foto: @lidiacastro79

Y así nos pasaron volando los dos días que estuvimos en Bilbo.

¡Aguuuuuur!

Volar un viernes 13

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No sabía si sería buena idea coger un avión en viernes 13, pero cuando compré los billetes no pensé en eso… De todas maneras, lo comprobaría enseguida.

Acababa de llegar al aeropuerto y los nervios me empujaban por los pasillos y, a la vez, tiraban de mi maleta. Eran ese tipo de nervios que te hacen hiperventilar de alegría y sientes un hormigueo constante en el estómago. Volvía a coger un avión después de tres años y algo en mi interior no me dejaba estar quieta… Llevaba los auriculares colgando, como de costumbre, y en aquel momento empezó a sonar “De viaje” de Los Planetas y pensé que no podía ser una canción más adecuada.

La llegada en autobús hasta la Terminal 1 había ido bien: una hora y diez minutos con compañía grata inesperada. Ahora me tocaba buscar a mi prima y la puerta de embarque. Sin problemas. Descalzas por el control de seguridad (no les gustaron nuestras botas). Y ya listas para coger el vuelo. Pero aún quedaba una hora y media… Paseito por las tiendas, fotillos y un poco de asiento.

De momento, lo del viernes 13 no nos había afectado… Hasta que fuimos a mirar la puerta de embarque a las pantallas luminosas y una palabra parpadeante destacada en amarillo nos asqueó…Delayed. Lo que parecía un retraso de poca importancia se convirtió en una espera de más de dos horas en la terminal.

Y una vez embarcadas, cuando ya parecía que la cosa avanzaba, nos tuvieron dos horas más sentadas en el avión, cual sardinas enlatadas. ¡Qué desesperación!

A todo esto, nuestra anfitriona nos esperaba en el aeropuerto de destino… ¡Pobrecilla!

Total, teníamos que llegar a las 21:30 y llegamos a la 1:00. Cena a las 2:00, dormir a las 3:00 y desayuno a las 8:00. Pues nah… dormir poco y “turistas mode on”, listo. ¡Egunoooon!

@lidiacastro79

Viajar con adolescentes

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Viajar con adolescentes siempre es una aventura… No tienes tiempo para aburrirte.

La peripecia empieza ya en el autobús. Momento del recuento antes de partir: 1, 2, 3,… 28, 29… 36, 37,… Y siempre está el gracioso de turno que te hace descontar y vuelta a empezar (esta vez: 58… de 13 años).

Aún no hemos salido de la ciudad y ya empiezan los: “¿Cuánto falta?” ¡Por dios, si se puede ver el colegio todavía!

Y luego tienes que ir repitiendo una retahíla cansina y anodina llena de:

  • “Poneros el cinturón”
  • “Culo en el asiento”
  • “Pies en el suelo”
  • “No comáis”

(Buf me canso a mí misma de oírme…)

Lo peor: los mareos y los vómitos (algo desagradable, cuanto menos, y que puede desencadenar un efecto dominó). Yo siempre rezo para que los que saben que se marean, no hayan desayunado leche y se hayan tomado la “biodramina” antes de salir.

Lo mejor: el micro y las canciones de bus. Esto parece no tener caducidad. Me siento una estrella con el micro en la mano. Hasta que digo: “Una sardina…” y nadie repite (snif).

Puede que las canciones hayan cambiado, pero el espíritu sigue siendo el mismo.

Los años pasan y no te das cuenta… hasta que llegas a una casa de colonias con adolescentes rebosantes de energía que están deseando no dormir. Esa es la verdadera prueba de fuego…

El “correr por los pasillos” y el “reír/gritar” cual gallinas silvestres en celo, adquieren otra dimensión. Te sientes como una segurata nocturna en una guardería de hormonas. Y cuando por fin, parece que todo se calma y decides enfundarte el pijama y meterte en la cama… vuelve a empezar la “guerra”. Eso es si todo va bien y no hay incidentes. Me refiero a alumnos accidentados, cosas rotas o enfermos. Por suerte, son excepcionales los casos de accidentes graves y desperfectos. Lo que es más común son los resfriados, fiebres y dolores de barriga que, por arte de magia, aparecen siempre durante la noche. En el mejor de los casos, el ibuprofeno lo soluciona todo y duermen del tirón. En el peor, la posibilidad de dormir se esfuma y tienes que hacer de enfermera de guardia en cuidados intensivos.

Esta vez me tocó compartir la litera con una alumna con fiebre alta y delirios (en serio…). Si no es una cosa, es otra, pero dormir, lo que se dice, dormir, no duermes mucho.

Y por la mañana, de excursión por la montaña. Menos mal que con el espectacular entorno se te olvida el cansancio.

El momento de las comidas son de lo más entretenidas. Organizar las mesas, la limpieza, procuras que todo el mundo tenga lo que necesita, atiendes las alergias e intolerancias, vigilas que todos coman cuanto deben y no menos (ya sabemos las ideas estereotipadas que les mete en la cabeza la publicidad)… Y cuando tú te sientas y empiezas a comer, ellos ya han terminado y tu plato ya está frío. Además, tienen el don del ‘inoportunismo’. Es tomar el primer bocado y ya están ahí, echándote el aliento en tu cogote, preguntándote qué toca hacer después o cualquier cosa que les pase por la cabeza… En fin, que las comidas son rápidas e interrumpidas constantemente.

Y por fin, llega la última noche, con fiesta de despedida, lo que ellos llaman “hacer discoteca”. Durante las semanas previas a la salida no tienen otra cosa en mente:

– ¿Haremos discoteca? -no paran de preguntarte.

Y tú, te haces la loca y les dices que depende,.. que si la casa de colonias nos lo permite,… que si se portan bien,… Pero acabas sucumbiendo a sus deseos. Y es que piensas en lo que sentías tú a su edad y te morías por hacer lo mismo: quedarte en un lado de la sala, mientras los chicos están en el otro lado y va sonando música alta. ¡Esto no cambia!

Hasta que finalmente alguien, sin vergüenza y mucha moral, estrena la “pista” y todos se acaban animando. Después, no hay quien los mande a dormir… Y mientras tú ahí, aguantando el cansancio con buena cara y pensando en que mañana ya estarás en casa y te ducharás en tu baño y dormirás en tu cama…

La última mañana ya no se levantan por voluntad propia, y tienes que ir, habitación por habitación, abriendo luces y ventanas al grito de: “¡Bueeeenos díaaaas!” (Qué mala soy…). Arrastran los pies todo el día, hasta que volvemos al autobús y solo se escucha el silencio… Y es que el cansancio ha hecho estragos en sus energías (por suerte, tienen un límite). Cuatro horas de bus sin incidentes (a parte de dos vómitos y muchos “¿Cuánto falta?”).

¡Por fin en casa! (Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho).

@lidiacastro79

Madrid 3: ¡Hasta siempre!

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Seguíamos en el tren. Ya habíamos dejado atrás la estación de Zaragoza y por las ventanas solo se podía ver oscuridad.
Continuábamos con nuestro repaso mental de todo lo vivido en Madrid, mientras a nuestro alrededor la gente destinaba su tiempo a leer, ver la película (una de animación de Astérix y Obélix), beber o comer algo…
Nos entró hambre y nos pusimos a picotear. Y es que yo siempre llevo provisiones (en esta ocasión, un par de plátanos y unos cacahuetes). Mientras intentaba no llenar mi regazo con las cáscaras de los cacahuetes, recordábamos que nuestro segundo día en Madrid fue igual de intenso que el primero, aunque cogimos más el metro para paliar el cansancio acumulado del día anterior. La primera parada fue en la plaza de España, donde pudimos hacernos unas fotos en la fuente con el edificio con el mismo nombre a nuestras espaldas. Se trata del octavo edificio más alto de la península y a mí me recordó a la fachada de uno de esos hoteles americanos que tantas veces he visto en películas de sobremesa.

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Foto: @SetahBastet

Rodeamos toda la plaza hasta llegar a la parte occidental donde descansa Cervantes, que atento vigila las andanzas de Don Quijote y Sancho Panza que avanzan en sus monturas correspondientes.
Hacía mucho frío, que se acentuaba a causa de la gélida brisa que soplaba. Nos dirigimos al templo Debod. Templo egipcio dedicado a Amon y a Isis, que fue un regalo de agradecimiento por la ayuda prestada en el traslado del templo de Abu Simbel a causa de la construcción de la presa de Assuan (¡Si no lo hubieran trasladado, hubiera quedado inundado!). Tuve la sensación de volver a Egipto por tercera vez, aunque solo fuera por unos instantes. La emoción del momento bien se merecía algo más que una foto… Mi prima sugirió hacer un boomerang para colgar en el insta (Boomerang: vídeo muy corto que repite un movimiento. Sí, yo tampoco lo sabía… juas). Total, que el momento boomerang fue de lo más divertido.  Además, como no parábamos de saltar para que quedara algo original, pudimos apaciguar un poco el frío, que ya nos vino bien.

Después de eso nos fuimos al Palacio Real, pasando por los jardines de Sabatini.  Un sinfín de escaleras hasta llegar a la plaza de Oriente donde pudimos admirar el palacio con todo su esplendor. Espectacular arquitectura de estilo Barroco (Me recordó al Buckingham Palace, pero más grande).

Justo al lado se encuentra la Catedral de la Almudena. Referente a ella… solo comentar que era domingo (pero no un domingo cualquiera… Era domingo de ramos). Y eran las 12:20 (Sí, a eso me refería… estaba llena a rebosar. Y encima nos quedamos sin poder subir al mirador de la cúpula, snif). No contentas con eso, nos aventuramos a entrar de todas formas… fue un recorrido muy rápido, con la vista puesta en los techos abovedados, admirando arcos apuntados, ventanas polilobuladas y vidrieras coloridas. Cuatro fotos y salida casi sin respirar (buff, había taaanta gente y hacía tanto calor dentro, que presenciamos incluso el desmayo de una señora…).

Lo más curioso fue que, al rodear el edificio por el exterior para poderlo ver des de todos los ángulos, vimos que entre las esculturas de los apóstoles,  que se encontraban alrededor de la cúpula, había una que resultaba extrañamente parecida a Batman (Solo fue por una milésima de segundo, pero tuve que parpadear y volver a mirar… ¡que cada cual juzgue!)

Ese día nos habíamos propuesto comernos un bocadillo de calamares (¡No solo hay que visitar los lugares conocidos, también hay que comer cosas “típicas”, oye!). Así que, nos dirigimos al Mercado de San Miguel (Había leído que era el lugar ideal para hacer unas tapas y eso…). Pretendíamos comer allí, pero fue imposible… ¡no se podía ni andar por dentro! Al final acabamos comiendo “a delicius bocadillo de calamares in plaza Mayor” (Era inevitable usar una referencia similar, juas). De fábula… sentadas en una terraza, con una estufa por encima de nuestras cabezas, una mantita en el regazo y disfrutando de tal combinación variopinta. I-D-E-A-L.

Después del descanso, intentamos visitar la casa-museo de Lope de Vega, pero al llegar… chasco. Se necesitaba cita previa (Debimos darles ‘penita’, porque nos dejaron ver el jardín privado).

Así que, nos fuimos a por más arte, pero esta vez, moderno. Al Reina Sofía. De camino al museo, me encantó poder ir ‘pisando’ retazos de la literatura española (¡Qué idea más original para acercar la literatura al ciudadano de a pie!). Además, resultaba que era el día internacional de la poesía, así que aproveché para hacer un tweet con foto de uno de los más que conocidos versos de Bécquer.

En el museo (Entrada gratis para docentes, por cierto): Picasso, flipando con El Guernica (Menos mal que el MoMA de Nueva York se hizo cargo de él en el ‘39, porque seguramente se hubiera ‘perdido’ la obra… tweet), Dalí, Buñuel (Vimos ‘El perro andaluz’. Sí, el corto de la navaja en el ojo… un poquito repugnante, pero si piensas en el año de grabación, ¡chapó por los efectos!), Magrit, Sorolla… ¡No dábamos al abasto! Me encantó (Y mientras, los vigilantes seguían con su serenata: “¡Nooo fotooos!” ¡Y daaaale! ¿Qué se creen que vamos a hacer con las fotos? ¿venderlas? ¿planear un robo? No se me ocurre más. En fin…).

Al salir, había empezado a llover. Bajón y fiasco, porque no habíamos cogido el paraguas (¡La previsión de la app no lo ‘preveía’, jolin!). Una carrerilla hasta la entrada del metro y hacia el hostal a descansar un poco y hacer tiempo para ir a cenar (Tártar de salmón con aguacate y semillas de sésamo negro ¡mmm!) y unas fotillos nocturnas.

Segundo día… ¡superado!

Nuestro último día en la capital fue relajado y corto. De hecho, habíamos tachado todo lo de nuestra lista, así que tocaba improvisar. Por la mañana, subimos al mirador del Corte Inglés para admirar las vistas y echar unas fotos desde las alturas. Después callejeamos en busca de los teatros madrileños más conocidos. Fotos de las entradas y carteles, hasta el mediodía, momento en que debíamos dejar la habitación. Cargadas con todo, hicimos uso del servicio de consigna de la estación de Atocha (Barato y seguro. Un 10).

Ya sin maletas, hicimos una visita improvisada al CaixaForum (Entrada gratis para docentes, de nuevo. Juas, juas): Miró y Le Brun (tweets y ¡fotos! Aquí sí que dejaban…).

Pude admirar los trabajos preparatorios de muchas de las pinturas murales de Versalles (Impresionantes litografías y ¡menudo tamaño!). Mi prima se lamentó cuando se dio cuenta de que había perdido el plástico protector del visor de su cámara… (Se ha quedado en Madrid).

Comida en un ‘japo’ (Makis, sopa de miso y arroz picante) y tiempo de relax para disfrutar de un té sencha.

Una hora antes de la salida del tren fuimos hacia la estación, donde visitamos el jardín botánico y cuando compramos nuestros ‘recuerdos’, nos hicieron un regalo inesperado (“Estrellas del amor” las llamó).

Se nos pasó la hora volando. El tren ya estaba en el andén. Era hora de partir. De vuelta a casa…

¡Hasta siempre, Madrid! (snif, snif).

@lidiacastro79

Madrid 2: arte universal, calles mojadas y piernas cansadas

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Y, de nuevo, las bandas sonoras ocupaban mis sentidos. Y, otra vez, las gotas de lluvia volvían a correr horizontales por el cristal. Estábamos de vuelta, pero en esta ocasión sí que podíamos hablar (¡Lo que era un alivio!).

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Foto: @SetahBastet

Nos pusimos a repasar todo lo que habíamos hecho en esos días. Con nuestro particular Cuaderno de Bitácora en mano (que en realidad era un archivo de drive que había creado hacía apenas una semana para ir apuntando todo lo que queríamos ver y hacer en Madrid), esbozamos una sonrisa satisfechas, al comprobar que, no solo habíamos hecho todo lo previsto, sino que además habíamos tenido tiempo para descubiertas de última hora totalmente improvisadas.
Acabábamos de comprarnos un souvenir: mi prima, un imán muy original (hecho en Barcelona, por cierto. Juas, juas). Y yo, un poco menos tradicional, un anillo con una amatista (y es que tengo un anillo de cada sitio donde he estado. Lo he convertido en una tradición curiosa).

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Foto: @SetahBastet

Pero no serían solo esos objetos lo que nos llevaríamos con nosotras. Las experiencias vividas serían las que llenarían nuestros recuerdos para siempre…
Muchas anécdotas nos abordaron en ese preciso momento y empezamos a reír (sí, seguro que todo el mundo nos miraba, pero ¿¡qué nos importaba?! “Un día sin risas, es un día perdido”). Y es que resulta que solo llegar a Madrid, cuando salíamos de la estación, casi me caigo al pisar mal una cinta transportadora de esas (por suerte, nadie se percató… Bueno, solo mi prima, que se había quedado rezagaza y casi inmortaliza el momento. ¡Solo hubiera faltado eso!)

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Foto: @SetahBastet

Juro que en ese momento pensé que había empezado con mal pie… ¡Pero solo sirvió para generar endorfinas ‘por un tubo’ cada vez que nos acordábamos!
Nuestro hostal se encontraba muy cerca de la plaza del sol, en una callejuela sucia pero con cierto glamour algo rancio (Lo que los hipsters calificarían como kitsch). Llena de bares, lo que la convertía en un lugar con bastante movimiento nocturno.

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Foto: @SetahBastet

Descargamos maletas y nos dispusimos a empezar por el Parque del Retiro. El día estaba gris y llovía de forma intermitente. Paraguas y fotos. Mala combinación. Pero eso no frenó nuestro entusiasmo… De camino al Retiro nos topamos con el palacio y la fuente de la Cibeles rodeada de banderas (Me la imaginaba más grande y menos ‘española’, dado que se trata de una diosa frigia equivalente a la Gea griega). Foto.
Un poco más adelante estaba la puerta de Alcalá (mírala, mírala, mírala, míralaaaa… Imposible no cantarlo). Foto selfie para el face.
Llegada a la puerta del Retiro. Emocionadísima al ver una frikada: un símbolo gigante de Batman esperándome para una foto (Yo saltando y mi prima ‘partiéndose’ y seguramente más gente que había por allí, también).
De lo que más nos acordábamos, de nuestra visita al extenso parque (a parte de la lluvia y el consecuente barro) era el precioso Palacio de Cristal. En cuanto pude entrar y observar los altos techos y amplias paredes acristaladas, me transporté a un tiempo pasado, de vestidos largos, moños altos y sombrillas a juego (Muy hermoso. Sin querer me vinieron a la cabeza aquellos cuadros modernistas de Ramon Casas…)

Después de comer (unos noodles picantes en un Thai), al Prado. La emoción empezó en las taquillas. Entrada gratis para docentes (¡Cómo mola ser profeee!).
La visita al Prado es mi mejor recuerdo. Un subidón tras otro, cada vez que doblaba una esquina y descubría obras muy admiradas y estudiadas en mi paso por la universidad (Rendición de Breda, La fragua de Vulcano, Las hilanderas, El rapto de Proserpina, Las tres gracias, El juicio de Paris, Saturno devorando a un hijo…). Como no se podían hacer fotografías (nos lo recordaban continuamente al grito de: “¡Nooo fotooos!”), no paré de hacer tweets para saciar mis ganas de compartir la emoción que sentía con el resto del mundo.
Al salir del museo nos sorprendió el solecito. Había dejado de llover. Subidón de nuevo. Pusimos dirección a la fuente de Neptuno, no sin antes hacer una foto al edificio de la Real Academia de la Lengua Española (¡Qué haría yo sin el diccionario de la RAE!). La fuente dedicada al dios del mar también me resultó pequeña y muy poco accesible, dado que, al igual que la Cibeles, es una rotonda.
Sucesión de semáforos. Escuchamos a diferentes personas decirse “!verdeeees!” cuando se podía pasar. Nos pareció muy gracioso, así que hasta llegar de nuevo al hostal, no paramos de decirlo y reír como locas (Más endorfinas…). Pero estábamos taaaaaan cansadas, que hicimos una parada a medio camino para merendar en un sitio muy chulo. Silloncitos. Un smoothie y un chocolate. Enchufe para cargar los móviles y wifi gratis (!Bieeen!).
Paseo por la calle Preciados hasta la plaza Callao, para echar unas fotos al conocido cartel de neón de Schweppes (Muy… luminoso. De ese momento solo podíamos acordarnos del frío intenso y del cansancio).

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Foto: @SetahBastet

Después de descubrir un restaurante orgánico, donde me comí una veggi burger de garbanzos y espinacas con mostaza artesana (¡¡Deliciosa!!), nos fuimos a dormir prontito (¡Estábamos ‘rotas’!).
Primer día… ¡superado!

@lidiacastro79