En la bodega

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Me encontraba en la gran bodega del navío, rodeado de barriles y otros bultos. No podía salir, al menos, no todavía. Cuando llegó el momento y me asomé por la tronera, el fulgor del sol cegó mi único ojo, pero eso no me impidió escupir la munición que habían recargado en mis entrañas y cumplir con mi deber. Y es que ser un cañón de barco tiene sus responsabilidades.

 

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Niebla

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Convivía con la niebla.  Desde que tenía recuerdos que había estado presente en su vida. Esa niebla que siempre estaba cubriéndola de humedad, impidiendo su visión, dificultando su respiración… ahogándola, pero sin llegar a matarla. Le dijeron que así era la vida a esa altitud, pero ella no se había acostumbrado a ser una montaña.
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En lo más profundo del bosque 

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Sucedió en lo más profundo del bosque, allí donde los rayos del sol no penetran debido a la espesura de los árboles. Estaba tirado sobre un manto de hojas secas. Por su suerte, el brillo del metal permanecía intacto, eso me permitió verlo en la penumbra. Así fue como encontré mi pendiente perdido.

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Libertad

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Tanto oír hablar de Libertad y es que me cabreo. Que si Libertad por aquí, Libertad por allá. Siempre acaparando todas las conversaciones. Y es que llama mucho la atención, aunque a veces es muy esquiva, también. Por ejemplo, una siempre confía en ella, en que podrá salir, ir al cine o de compras; pero, no. Eso sí, ella siempre espera que le puedas hacer favores o dejarle tu mejor vestido, pero no esperes a que te lo devuelva, no. A mí me lo hizo una vez y no me hizo falta más; desde entonces Libertad ya no es mi amiga. 

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Temblores

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Esta noche el suelo ha vuelto a temblar. Las autoridades han decretado aislamiento, así que no puedo asistir a mi entrenamiento de espada eléctrica; tengo que quedarme en la cápsula por precaución. Esta vez espero no lamentar la pérdida de otro ser querido. Desde que el volcán inició su actividad, han muerto ya treinta personas, entre ellas, mi mejor amigo y mi hermana. Cuando acabe mi instrucción, me enfrentaré a los Parlowks, acabaré con su tiranía y desactivaré el volcán para siempre.

 

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Salir de nuevo

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Respirar el aire fresco y húmedo de la ciudad me ha resultado gratificante, después de estar días, tal vez semanas, encerrado en la penumbra de ese reducido espacio llamado hogar. He salido por ella, no por voluntad; uno se acostumbra rápido  a la inactividad total. Lo peor ha sido el esqueleto entumecido; sales a la calle, te desplegas y te estiras entre algún que otro crujido. Lo mejor, sentir las gotas de lluvia sobre mí, notar cómo resbalan hasta precipitarse en el suelo, sin traspasarme, envolviéndome con una frescura que contrasta con la calidez con que ella me sostiene con su mano.

¡Y es que soy un paraguas con suerte aunque a veces me deprima!


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