Ella, la gata

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Durante el día podías verla subida a un árbol, indiferente, sin mostrar emoción alguna, aunque tranquila y despreocupada. En cuanto oscurecía, mejor no encontrarse con ella, con su apariencia real, pues era un espectro de la noche, segadora de vidas, ladrona de almas…

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Mirando las estrellas

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La humedad de la noche había cubierto todas las superficies: hierba, flores, mármol, piedra… Se tumbó a contemplar las estrellas desde lo alto de su morada. Un profundo vacío llenaba su pecho exánime; no conseguía abandonar esa sensación de perpetuo malestar que se había instalado en su ser. Una tenue línea de luz iluminó el horizonte anunciando un nuevo día y le señaló que era hora de volver a su sarcófago.

@lidiacastro79

Entrada para participar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac quien me ha concedido esta medalla de bronce por mi participación en el reto. Mil gracias, Adella 🙂

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La señal del farol

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Foto cedida por Yolanda del blog Ratón de biblioteca

Escondida detrás de un matorral cercano al monasterio esperaba la señal. Era de noche y el frío invernal arreciaba a esas horas. Desde donde estaba veía perfectamente el farol. Su luz impertérrita se apagaría de un momento a otro y esa sería la señal que aguardaba con impaciencia.

Debíamos esperar a la clandestinidad de la noche para establecer nuestros encuentros, cada vez más frecuentes. En apenas unos minutos, disfrutaría del dulce sabor de la lujuria.

De repente, el farol se apagó, dejando a oscuras la puerta de acceso a la cocina. Corrí hacia allí para coger las cesta que sostenía la Hermana María, con los bizcochos, galletas y sobaos más pecaminosos del mundo. ¡Me merecía ir al infierno!

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HISTORIA DETRÁS DE ESTE POST:

Mi compañera bloggera, Yolanda, me contactó un día diciéndome que había encontrado una foto que le recordó a mí y me la compartió para ver si me inspiraba. Y tengo que darle las gracias porque tenía razón, me ha inspirado. ¡Gracias, Yolanda! Y espero que te guste el micro.

En la playa

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Es de noche y una joven camina descalza por una playa. Lleva un vaporoso vestido negro y el pelo, algo despeinado por la brisa que sopla casi imperceptible, le cubre el rostro. En sus manos aguanta una bengala encendida y baila de forma relajada. Su danza no se debe al efecto del alcohol, ni de ninguna droga psicotrópica, es algo mucho más sencillo… se siente feliz por primera vez desde hace tiempo. Y su forma de expresarlo es bailando consigo misma. Lo único que rompe con la oscuridad son las centellas que desprende el fósforo y la luz apagada que proyecta una hoguera lejana, donde un grupo de personas charlan animosamente. Por detrás, solo hay una inmensa negrura. Aunque en realidad, tras ese telón negro, hay miles de estrellas brillando en el firmamento. Pero nadie las ve. Lo único perceptible es el rumor del agua del mar en su vaivén incansable, que acompaña a la chica del vestido negro en su baile hipnótico.

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Llega la noche

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La noche llega a la ciudad y yo salgo con mi cámara colgada del cuello. El cielo, de color azul eléctrico, se va oscureciendo por momentos. Las farolas iluminan la fachada de la antigua estación y, a la vez, proyectan su luz sobre las tranquilas aguas de la ría. A lo lejos se ve uno de los muchos puentes existentes. Un semáforo en verde da paso a los escasos coches que circulan a estas horas y algunos transeúntes caminan por la acera sin inmutarse ante el objetivo de mi cámara. Más allá, una montaña, ondulante y oscura, recorta el horizonte todavía visible, pero no por mucho tiempo…

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Sola

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Acababa de salir del trabajo, tarde, como siempre, pero estaba contenta por todos mis logros en el nuevo proyecto. Me sentía ilusionada con lo que ello podía aportar a la humanidad: ¡el avance a nivel tecnológico sobrepasaba la lógica!

La luz ya había dejado paso a la oscuridad que era solo interrumpida por la tenue iluminación de algunas farolas, las cuales parecían indicarme el camino hacia el aparcamiento, como si se tratasen de los indicadores de una pista de aterrizaje.

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Bajo el sutil resplendor que surgía de uno de los focos situados en lo alto de la parte trasera del edificio, aguardaba mi nuevo y reluciente coche. En la oscuridad era imposible apreciar el precioso azul cobalto, oscuro y metalizado, de la carrocería. La decisión del color había sido muy meditada. Mi sentido de la responsabilidad me decía que la mejor elección era un color claro, fàcilmente visible, tanto para los otros coches, como para los peatones. Pero fue llegar al concesionario, ver ese color en un modelo de la exposición y enamorarme perdidamente.

La tarjeta que me daba acceso al laboratorio aún seguía colgando del bolsillo de mi camisa, por donde asomaba mi apreciado bolígrafo de plata. Había sido un regalo de mi abuelo el día en que me gradué. Siempre recordaré su sonrisa al entregármelo, se podía vislumbrar en sus ojos la alegría y el orgullo que sentía.

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Llevaba las llaves en la mano, y el dedo pulgar encima del botón que accionaba el mecanismo de apertura. Estaba a punto de presionarlo, cuando una presencia a mis espaldas me hizo parar en seco… Me giré rápidamente, pero ya era demasiado tarde, esa presencia me había asaltado y pude notar el tacto de sus guantes de cuero encima de mi boca. Al instante, caí inconsciente, a causa seguramente del cloroformo, u otra sustancia similar, que empapaba un pañuelo de algodón.

Cuando desperté, me encontraba en el suelo de una especie de zulo oscuro y húmedo, me sentía aturdida y había perdido la noción del tiempo. Mi ropa había desaparecido y ahora llevaba una bata de hospital de un color indeterminado, de esas que son abiertas en la parte trasera.

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Me sorprendió un fuerte dolor en el costado derecho y me llevé la mano instintivamente hacia allí. Pude palpar, con gran temor, una cicatriz reciente, burdamente cosida… ¿Pero qué me habían hecho? ¿Cómo podía salir de allí? ¿Qué me pasaría ahora? Un terror irracional se apoderó de mí y el inconsciente me llevó de nuevo…

@lidiacastro79